martes, 8 de agosto de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Final


Nos habíamos quedado en el momento en que llegó a mis manos la aprobación de la regla que había escrito. Había sido un largo tiempo de espera en el que yo sentía que el Señor estaba ya casi en el umbral de la puerta y la aprobación seguía sin llegar. Me sentía inquieta, y no solamente por la enfermedad que iba llevando mi cuerpo hacia la última agonía. No quería dejar a las hermanas sin entregarles toda la vida y el agradecimiento que sentía desbordaba mi corazón. Quería recordarles cómo era la forma de vida que habíamos abrazado y que debía seguir aun cuando yo ya no estuviese con ellas. 
Les entregué mi corazón, el memorial de mi vida en forma de Testamento. Eran mis últimas palabras para aquellas mis hermanas queridas, mi última voluntad. La vida pasaba delante de mí como un río y mis ojos volvían a fijarse en el momento en que había nacido aquella pequeña semilla evangélica. Y en todo ello veía la acción de Dios, el protagonista principal de esta historia. Él iluminó a Francisco y también se dignó iluminar mi corazón. Él engendró esta pequeña grey en su santa Iglesia precisamente para seguir a su amado Hijo, pobre y humilde, y a su santísima Madre.
 Y mi Bendición. No solamente para aquellas hermanas que rodeaban mi lecho, o para las que ya habían partido a otros monasterios, e incluso para aquellas que llegarían en los años venideros, también para tí que has querido caminar conmigo:
El Señor os bendiga y os guarde, os muestre su rostro y tenga misericordia de vosotras; vuelva su mirada y os conceda la paz. (...) Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, cuanto puedo y más de lo que puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias ha bendecido y bendecirá  a sus hijos e hijas en el cielo y en la tierra, y con las que el padre y la madre espirituales han bendecido y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amad siempre a Dios, amad vuestras almas y las de todas vuestras hermanas (...) El Señor esté siempre con vosotras y que vosotras estéis siempre con Él. Amén.
Era el momento de partir. Sentía que podía irme en paz, segura porque quien me había creado me llevaba de su mano y me miraba como la madre al hijo a quien ama. 
 Era el 11 de agosto de 1253, había llegado el momento y el Crucificado pobre, a quien había abrazado durante toda mi existencia, se mostraba ante mí como Rey de la gloria para que me entregara eternamente a Él. Sólo me quedaba exclamar:
¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado! 
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Tras las huellas de Clara de Asís. Parte VII


No hay camino nuevo sin dificultades que afrontar, como bien habéis podido ver hasta ahora, pero la vida seguía en San Damián siempre descansando en la absoluta confianza en Dios, Padre de las misericordias, que nos cuidaba con providencia y ternura infinita.
Los problemas en la Orden de los Menores seguían siendo importantes. El Papa, a petición de algunos hermanos, había convocado un capítulo General y Fray Elías, Ministro de la orden hasta ese momento, es destituido del servicio a los hermanos. Yo lo sentí mucho porque tenía en gran estima a Fray Elías. Es más, nuestra relación con él se mantuvo en el tiempo aun cuando ya no fuera Ministro General, lo que también trajo consecuencias, ya que poco a poco fuimos siendo marginadas. Los nuevos Ministros Generales venían de fuera de Italia y con conocían la realidad de nuestra forma de vida en San Damián. aunque también es cierto que nunca faltaron hermanos junto a nosotras, entre ellos el Hno. León y otros primeros compañeros de Francisco. Entre todos nos dábamos fuerza y coraje para mantenernos fieles al carisma.
Y cómo no, no faltaban tampoco los problemas políticos y sociales. Vivíamos tiempos borrascosos en los que los ejércitos atravesaban continuamente la Umbría a causa de la controversia entre el emperador Federico II y el Papa. Y, como siempre ocurre, no era sino el pueblo llano y sencillo quienes sufríamos las consecuencias de todas aquellas luchas de poder.
Recuerdo que un día de septiembre de 1240 Asís se hallaba asediado por las tropas del Emperador. de pronto entraron en el claustro un grupo de mercenarios que no tenían ningún respeto por aquellas mujeres consagradas que allí vivíamos. Las hermanas estaban angustiadas ante aquella situación de la que parecía imposible salir airosas, pues no había ni caballeros ni siervos que pudieran defendernos. Vinieron donde mí, que yacía enferma en el lecho, llenas de angustia. Yo apenas me tenía en pie pero, ayudada por dos de las hermanas, me levanté y me dirigí a la puerta del refectorio que estaba justo al lado del claustro. Pedí a una hermana que me trajera el cofrecito que contenía el santo sacramento del Cuerpo de nuestro señor Jesucristo. Postrada en tierra, invoqué a Aquel que era todo para mí y a quien había entregado toda mi vida y la de las hermanas: Señor, guarda tú a estas tus siervas, pues yo no las puedo guardar. La respuesta no tardó en llegar: los soldados huyeron sin aparente motivo alguno, sin atacarnos y sin estropear nada.
En agosto de 1242 moría Gregorio IX. Nuestra relación con él se había distanciado bastante en los últimos años, pero en nuestro camino quedaría siempre como un interlocutor privilegiado. Su sucesión en el pontificado fue compleja y finalmente, en 1243 fue nombrado Papa Inocencio IV, quien heredó entre muchas otras complejas situaciones, el problema de las monjas. En 1247, queriendo dar uniformidad a la Orden de San Damián que había fundado su predecesor, redactó una forma de vida sustituyendo en lo esencial las referencias a la regla de San Benito por las referencias a la de Francisco, añadiendo la obligación de poseer en común y confiando los monasterios al cuidado espiritual y material de los Menores.
Aquel escrito se alejaba aún más de nuestra Forma de vida que todos los anteriores que la Iglesia había promulgado. De nuevo llegaban las dificultades. ¿Cómo aceptar aquel documento tan contrario a la altísima pobreza por la que estaba luchando desde hacía unos cuarenta años? ¿Cómo aceptar aquella relación de dependencia de las monjas respecto de la Orden de los Menores, que se extendía también al campo económico? Yo no necesitaba apoyo para el gobierno del monasterio, que era lo que este nuevo documento pretendía. Consideraba que como mujeres adultas estábamos capacitadas para discernir lo que era útil y mejor en el camino de cada día desde la escucha mutua que practicábamos en el Capítulo semanal, que comenzábamos siempre haciendo un repaso al camino recorrido los días anteriores para reconocer los propios errores y pedir perdón al Señor y a cada hermana. Debíamos ponernos delante de Dios y reconocer nuestra fragilidad para poder escucharnos unas a otras con caridad y misericordia mientras íbamos expresando cuanto considerábamos bueno para nuestro camino común.
Claro que no todo fue negativo en aquella forma de vida que había escrito el Papa. Para mi fue muy importante que se hablara de la Regla de san Francisco como punto de referencia, porque eso significaba que era ya una de las reglas aceptadas por la Iglesia que las nuevas comunidades podían adoptar. Comenzó a nacer en mi el deseo de escribir nuestra propia regla. Una regla fruto de la experiencia de estos largos años en los que habíamos ido dando forma día tras día a aquella llamada inicial al seguimiento de Jesús.
Había que seguir adelante, con paso firme. El agravamiento de mi enfermedad me iba acercando cada día un poco más hacia el final de mis días en este mundo, pero lejos de perder el vigor interno me sentía cada vez más abierta en la mente y en el corazón a los horizontes del Reino, hacia el cual todas las hermanas que vendría después podrían encaminarse siguiendo aquellas indicaciones que me había inspirado el Espíritu. Cogí como base la regla de san Francisco y acompañada por las hermanas comencé a adaptar aquel texto, y otros a los que recurrí, a nuestra realidad concreta. Quería que, en la que deseaba que fuera nuestra regla, primara el estilo evangélico y estuviera libre del peso de los detalles. No quería un documento jurídico, quería que el corazón de aquel nuevo documento fuera la primitiva Forma de vida y la Ultima voluntad que Francisco nos había dado. Aquella era la forma de vida a la que habíamos sido llamadas por el Espíritu y que habíamos abrazado desde el principio con el firme propósito de perseverar hasta el fin. Dejaría así a las hermanas venideras una guía segura para vivir el santo evangelio, respondiendo fielmente a una misión específica e insustituible en la Iglesia.
Como podéis imaginar aquella última etapa del camino tampoco iba a ser fácil. Hice llegar al Papa la Forma de Vida que había escrito y, con toda mi confianza puesta en Dios, Padre de las misericordias, aguardaba, no sin cierta impaciencia pues sentía que mi final esta muy próximo, recibir oficialmente la aprobación papal. El 10 de agosto de 1253 llegó a San Damián un hermano con las letras buladas, es decir, con el documento oficial de la Sede Apostólica de la aprobación de la regla que yo había escrito. Me la hicieron llegar y yo, tomándola reverentemente en las manos me la llevé a los labios para besarla. Ya podía irme en paz.

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís. Una vida toma forma, Fed. Clarisas umbría-cerdeña. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte VI



Nos habíamos quedado en el año 1226. Como os decía, fue un tiempo de dolor y oscuridad. Como cualquier ser humano, también mi camino y el de mis hermanas estaba marcado por la incertidumbre, la duda, el miedo.  Me sentía tan débil físicamente que me asaltaba incluso el temor a morir antes que Francisco y dejar a las hermanas que el Señor me había regalado y que me habían seguido en total confianza, privadas no solamente de un padre sino también de una madre. La realidad se imponía y sacaba a la luz  mi debilidad pero también la grandeza de Dios Padre, en quien seguía confiando en medio del sufrimiento y la oscuridad.
En su última semana de vida, Francisco, sabiendo que llorábamos amargamente por su inminente partida, conocedor de nuestros miedos e incertidumbres por el futuro, nos envió su última voluntad. Él, que estaba ya a punto de entrar en la Vida y que había sentido en su corazón la certeza de la salvación, nos quiso transmitir su fuerza y reafirmarnos en el punto de partida de aquel camino que habíamos iniciado años atrás: Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, señoras mías, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y cuidaos mucho, para que de ningún modo, ni por la enseñanza ni por el consejo de nadie, os apartéis jamás de ella.
Aquellas breves palabra se convirtieron para mi en fuente de fuerza sobre aquel camino empinado del que ya entonces algunas autoridades de la Iglesia querían apartarnos con sus enseñanzas y consejos y redirigirnos hacia otras formas de vida, buenas sin duda, pero diferentes al carisma que el Espíritu Santo había suscitado por medio de Francisco.
En la primavera de 1227 el cardenal Hugolino fue elegido Papa con el nombre de Gregorio IX. Eran muchos los monasterios femeninos que había surgido por su solicitud y abrazado la forma de vida que él había preparado para ellos y su interés por ellos era creciente, estaban en el centro de su corazón. A muchos les escribía directamente pidiéndoles el apoyo de su oración para la difícil tarea que le había sido confiada. También a San Damián llegó una carta suya, pero su tono era bien diferente a aquella que me había escrito tras nuestro encuentro en la Pascua de 1220, cuando todavía era Cardenal. La carta era impersonal, se dirigía simplemente a la abadesa y nos exhortaba a la comunión con Cristo con las expresiones que en aquella época se usaban para dirigirse a las monjas. Parecía convencido de habernos hecho entrar plenamente en el cauce de sus monasterios...
En verano de 1228, el 16 de julio, Gregorio IX celebraba en Asís la solemne canonización de Francisco. El padre, el hermano, el amigo, el que para nosotras había sido el único apoyo después de Dios, había llegado a ser santo. Y yo me alegraba con la Iglesia por ello, pero a la vez prefería recordarlo como lo había conocido: simple y menor, con un corazón ardiente de amor por el Amado que no es amado que tan bien había sintonizado con su propio corazón.
Con motivo de estos acontecimientos, el Papa vino a San Damián. Su visita estaba motivada por un serie de cambios de perspectiva que se estaban dando en el camino de su Orden: las continuas peticiones de dispensa sobre la pobreza en común, debido a las situaciones de miseria en la que se encontraban algunos monasterios, le habían convencido de que era preciso dotar de rentas a todos ellos para que pudieran dedicarse sin afanes a lo Único necesario.
Fue un momento muy importante para mí, pues se ponía a prueba la opción de abrazar a Cristo pobre, que constituía el elemento central de nuestra forma de vida. Me encontraba sola luchando con quien estaba llamado a protegernos y que, a su manera, creía hacerlo de la mejor de las formas. Pero me mantuve firme, con una decisión inquebrantable. De ningún modo deseaba ser dispensada de vivir la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo, porque eso era para mi vivir el seguimiento de Cristo, tal y como Él mismo nos lo había indicado a través de su siervo Francisco.
Los enormes problemas para vivir la pobreza abrazada, en parte también por el tipo de clausura que imponía la Forma vivendi del Papa, las graves dificultades socioeconómicas de la época ocasionadas por las invasiones, las epidemias, etc, estaban llevando a todos los monasterios a pedir la dispensa de la pobreza en común. Aquel clima que respirábamos me hacía temer que se repitieran las presiones como la que acababa de vivir en el encuentro con Gregorio IX. Por eso, firme y decidida, solicité al Papa que me confirmara el Privilegio de la pobreza, en el que pedía que nadie nos pudiera obligar a recibir posesiones. Era la única garantía que podría presentar a cuantos quisieran desviarnos del camino abrazado. Y no era una cabezonería. Nuestra motivación para mantenernos firmes en aquella forma de vida abrazada nacía de la contemplación de Dios, hecho pobre por nosotros en Cristo Jesús. ¡Cómo no abandonarnos confiadas en las manos del Padre, que ha asumido nuestra debilidad para conducirnos y sostenernos con su Amor!
Que el Papa aprobara el privilegio de la pobreza que le había presentado nos permitía poder vivirla con una audacia y una determinación cada vez mayor. Se reafirmaba para nosotras el carisma original, del que no queríamos alejarnos costara lo que costara.
Pero los problemas y dificultades no había hecho sino comenzar. Volveríamos a vivir un momento crítico dos años después, en 1230, cuando el crecimiento y la evolución de la Orden de los menores llevó a un momento de tensión. Fue en el capítulo de Pentecostés. Los hermanos estaban divididos en torno a la comprensión de algunos pasajes de la Regla bulada y al valor vinculante del Testamento de Francisco. Incapaces de llegar a un acuerdo recurrieron al papa Gregorio IX y este respondió con la carta Quo elongati. Entre las cuestiones motivo del desencuentro estaban las relativas a la práctica de la pobreza, la predicación y la relación de los hermanos con los monasterios femeninos.
Yo reaccioné con energía a la decisión de Gregorio IX que en su carta había prohibido que los hermanos se acercasen sin su licencia a los monasterios de las damas pobres,  incluido San Damián, manifestando abiertamente mi desacuerdo. Estaba dispuesta a luchar por mantener la altísima pobreza y también la relación con la Orden de los Menores tal y como lo había querido nuestro bienaventurado padre Francisco. Iniciamos una especie de “huelga de hambre, en el sentido de que pedí al Papa que si nos quitaba a los hermanos que nos administraban palabras de vida, nos quitara también a los hermanos limosneros. Y devolví todos los hermanos que nos asistían al Ministro General. Informado el Papa de esta situación y dándose cuenta del alcance de nuestro gesto, remitió su prohibición al criterio y autoridad del Ministro General, lo que significaba que nos dejaba la posibilidad de una relación directa con la Orden de los Hermanos, una relación no jurídica sino de gratuidad y de comunión fundada sobre la promesa de Francisco.

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís. Una vida toma forma, Fed. Clarisas umbría-cerdeña. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte V


Aquella nueva vida que habíamos abrazado iba tomando forma en San Damián. La oración, el trabajo, la relación fraterna iban marcando las horas y los días.
En el año 1223, tuvo lugar un importante acontecimiento para Francisco y sus hermanos y también para nosotras: el papa Honorio III aprobaba la Regla que Francisco había preparado para los hermanos menores, convirtiéndose en documento oficial de la Iglesia. Aunque escrita para los menores, también era para nosotras un texto de referencia en la construcción de nuestra forma de vida.
En 1224 comenzó para mí y para las hermanas una nueva etapa. Caí enferma, hasta tal punto de gravedad que parecía que había llegado el final de mi vida en este mundo. Una enfermedad que me obligaría a guardar cama durante períodos más o menos largos. Hasta entonces, era yo quien me ocupaba de las hermanas enfermas, ahora eran las hermanas quienes comenzaban a cuidar de mí e incluso hicieron desaparecer todos mis instrumentos de penitencia... Y yo me dejaba hacer porque sabía que esa era la mejor forma de vivir la obediencia.
No me lamentaba de aquel prolongado sufrimiento físico, pero sí había algo que me tenía preocupada y me producía dolor en el alma: la salud de Francisco, tras el acontecimiento del Alverna, se estaba deteriorando muy rápidamente. Mi intuición me permitía ver más allá de las noticias que llegaban a través de los hermanos. Era la primavera del año 1225, lo recuerdo bien. Francisco, que se había quedado prácticamente ciego por una enfermedad en los ojos, mora enfermo en una minúscula celda junto a San Damián. Más allá de las palabras y del encuentro físico, nuestros corazones se encontraron en Aquel que totalmente se entregó por nuestro amor, concediéndonos a ambos la participación en sus sufrimientos. Es allí, en aquella oscuridad más profunda, no sólo física sino interior, donde Francisco llegaría a experimentar la certeza de la salvación sintiendo que un nuevo gozo habitaba en su corazón aunque exteriormente nada hubiera cambiado. Y allí compuso su Cántico del hermano sol.
En aquel momento de gran sufrimiento, Francisco se dirigió a todas nosotras a través de unas palabras con melodía, que había compuesto para animar a quienes estábamos penando por él, y que nos hizo llegar por medio de un hermano. Sus palabras eran toda una invitación ferviente a que realizáramos en plenitud la vocación de “pobrecillas” con una respuesta sin reservas al Señor. Aquellas palabras se grabaron en nuestros corazones para siempre: Escuchad, pobrecillas, por el señor llamadas, que, de diversas partes y provincias, habéis sido congregadas: en la verdad siempre vivid, para que en la obediencia podáis morir. No miréis la vida del exterior, porque la del espíritu es mejor. Os ruego con gran amor que uséis con discreción las limosnas que os da el Señor. Las que con el peso de la enfermedad están cargadas y las otras que por ellas están fatigadas, unas y otras soportadlo en paz, que muy cara venderéis vuestra fatiga, porque cada una será reina en el cielo coronada con la Virgen María.
Eran tiempos difíciles y oscuros. Se iban multiplicando los monasterios pobres que seguían la Forma vivendi que había confeccionado el cardenal Hugolino y la presión sobre mí para adherirnos a ella era cada vez más apremiante. Pero el contenido de aquel denso documento no se correspondía con el carisma que habíamos abrazado desde el inicio, sobre todo respecto a la pobreza. Nuestro estilo evangélico radical, que habíamos abrazado por la fuerza del amor, iba más allá de toda la dimensión jurídica de aquel documento. Sin embargo, la obediencia a la Iglesia me llevó a aceptar aquellas prescripciones minuciosas que tanto contrastaban con la mentalidad abierta con que siempre habíamos vivido en San Damián. Confiaba en el Señor y en las hermanas, aunque sabía que aquella adhesión implicaba hacer modificaciones en la estructura de San Damián, para adecuarla a las prescripciones de aquel documento. En todo caso, es cierto que todo cuanto venía consignado en aquella Forma vivendi del cardenal Hugolino procurábamos vivirlo a la luz de la Forma de vida que nos había dado Francisco, dejándonos guiar ante todo por el Espíritu del Señor, en obediencia a la Iglesia, pero con la libertad de los hijos de Dios, porque quien ama ha cumplido la ley.
Finalmente, Francisco moría en el año 1226, lo que me hizo vivir una gran sufrimiento, no solo físico, debilitada como estaba por la enfermedad, sino sobre todo moral e interior. La separación de quien era nuestro único consuelo después de Dios y nuestro apoyo, era fuente de profunda turbación y de indecible dolor para mí. Sola en mi lecho, en un momento de agravamiento de mi enfermedad, sentía como el desánimo se apoderaba de mí. Las líneas fundamentales del designio que el Espíritu Santo me había mostrado a través de Francisco no estaban claramente definidas y aún más, no eran acogidas y comprendidas plenamente por todos los responsables de la Iglesia.
Pero esto lo dejo ya para nuestro próximo encuentro. Te espero.

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

jueves, 3 de agosto de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte IV

Claustro de San Damián
Desde nuestra llegada a San Damián, se había ido extendiendo la noticia de aquel nuevo estilo de vida que habíamos abrazado. Por gracia de Dios, llegaban nuevas hermanas a las puertas de nuestra casa. Teníamos claro que el fundamento de nuestra vida era el Evangelio, pero a medida que el grupo iba aumentando era necesario establecer unas líneas fundamentales para avanzar sobre sólidas bases espirituales. Por ello, Francisco nos preparó una breve y sencilla Forma de Vida como ayuda. 
El constante crecimiento de la comunidad fue imponiendo la necesidad de que alguna hermana asumiera la responsabilidad de guiar nuestros pasos en el día a día. Además, eso nos permitiría vivir la obediencia, una dimensión importante de la pobreza, ya que nos desapropia de la voluntad personal para entregarla al Señor a través de la mediación humana. 
Bueno, a decir verdad, yo no tenía tan claro que necesitáramos dentro de la fraternidad una autoridad en el sentido jurídico de la palabra. A mi me parecía que la caridad que circulaba entre nosotras era el vínculo de la perfección, el estilo evangélico que llevaba a cada una a sentirse servidora de las demás, a vivir el sentido profundo del lavarse mutuamente los pies que Jesús pedía en el Evangelio. Al final, y ante mi resistencia, Francisco se vio obligado a presionarme para que aceptara el encargo de gobernar a las hermanas. 
Acepté y, por gracia de Dios, Padre de las misericordias, descubrí en esta nueva responsabilidad la posibilidad efectiva de servir aún más, de entregarme sin límites a cada una y a todas. Mi tarea sería ser la madre de aquella familia, siempre solícita a las necesidades de las hermanas, procurando enseñar con el ejemplo más que con palabras. Claro que tampoco descuidaba, en momentos determinados, ofrecerles sencillas exhortaciones para enseñarles los elementos fundamentales de nuestra forma de vida y enfervorizarlas en el seguimiento del Crucificado pobre. También, cuando era necesario, reprendía a las hermanas desde la caridad y la misericordia que contemplaba cada día en la vida de Jesucristo. Pero una de las cosas que más me gustaba hacer era lavarles los pies a las hermanas, siguiendo el ejemplo de Jesús en el Evangelio, cuando lava los pies a sus discípulos y les invita a ellos a hacer lo mismo. 
Seguían llegando nuevas hermanas, muchas de ellas animadas por la predicación de los hermanos menores, e incluso mandadas por el propio Francisco. Yo siempre había tenido claros los valores fundamentales de una llamada, y el primero de todos era la divina inspiración, requisito esencial para abrazar nuestra Forma de vida. Y no todas las mujeres que llamaban a las puertas de nuestra fraternidad, aunque las hubiera enviado el propio Francisco, cumplían con esta condición. Se imponía un serio discernimiento siempre bajo la luz y la sabiduría del Espíritu.
En la Pascua de 1220 se encuentra en Asís el Cardenal Hugolino, a cuyos oídos había llegado nuestra “fama” y quería conocernos. Nuestro encuentro fue sencillo y la mayor parte del tiempo estuvimos hablando de Dios y de su Amor, que ha optado por quedarse siempre con nosotros en el Cuerpo de Cristo. Después, él me escribiría una carta donde me llamaría madre de su salvación, y en la que me confiaría su alma y su espíritu. Aquello me ayudó a ser más consciente de que debía vivir mi vocación en dimensión materna y mariana, como cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros de su Cuerpo inefable que caen.
En aquella misma época, llegó hasta San Damián la noticia del martirio de cinco hermanos en Marruecos. Y, ahora que ya me conocéis un poco, os podéis imaginar cuál fue mi reacción: yo también quería ir entre los infieles, sufrir el martirio para asemejarme en todo al Crucificado pobre. Y, si bien no fue algo pasajero, es cierto que, tras aquel primer impulso, fui dándome cuenta que estaba llamada a vivir cada día el martirio interior desde una entrega de mí sin reservas y en estrecha comunión con mis hermanas. 
No temía ninguna tribulación, angustia física o moral porque era más fuerte la sed ardiente que sentía por compartir la pasión de mi Señor. Pero cuando se trataba de las hermanas y de muchos enfermos que acudían a San Damián no dudaba en estar a su lado desde la fe, y ser su refugio en el dolor y, a veces, les trazaba la señal de la Cruz poniendo toda mi confianza en el Padre de las misericordias, para que fuera él su último refugio y consuelo.

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

lunes, 31 de julio de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte III


Os había contado en nuestro último encuentro cómo mi hermana Inés, nuestra amiga Pacífica de Guelfuccio, que también se había unido a nosotras, y yo nos fuimos del Monasterio de San Pablo al Santo Ángel de Panzo. Estando allí, una vez superados todos los obstáculos y habiendo obtenido el consentimiento del Obispo Guido, llegó el momento de irnos a la pequeña morada de San Damián, preparada ya para poder vivir en ella.
Cuando Francisco y sus compañeros, que nos habían acompañado y habían orado con nosotras para iniciar en nombre del Señor este nuevo camino, nos dejaron solas comprendimos que entonces empezaba de verdad una vida nueva que estaba todavía por inventarse. Todo era tan emocionante y a la vez tan incierto. Teníamos algunas certezas sobre las que se asentaba aquella pequeña e incipiente fraternidad, las razones por las que estábamos allí: el Espíritu Santo nos había iluminado a seguir los pasos de Cristo pobre y crucificado y habíamos recibido el Evangelio como constante punto de referencia. Debíamos dejarnos guiar por la gracia con un abandono total en las manos del Padre de las misericordias. La pobreza absoluta era también un punto fundamental en este nuevo camino. Una pobreza que no era otra cosa que el reverso de un amor exclusivo a nuestro Señor Jesucristo, un amor alimentado con incesante oración. Una pobreza elegida por amor y vivida con alegría.
Entre nosotras no había una autoridad en sentido estricto, aunque yo sentía que con mi ejemplo debía orientarlas en el camino del Señor. Nuestra jornada estaba marcada por la celebración de la Liturgia de las Horas, prolongada en la vigilia nocturna. El resto del tiempo lo empleábamos en las tareas de la vida diaria necesarias en toda convivencia y en la oración personal, donde dejábamos que la Palabra orada fuera transformando nuestro corazón y nos fuera llevando a ese diálogo silencioso de contemplación del misterio de Dios.
Junto a San Damián vivían algunos hermanos que iban a pedir limosna de puerta en puerta, también para nosotras; pero era muy escaso lo que traían y la pobreza era muchas veces verdadera penuria. Pronto comenzamos a cultivar una pequeña huerta, y preparar la mesa empezó a ser más fácil pues teníamos algo para cocinar. No obstante, aquella falta de bienes materiales no era para nosotras motivo de tristeza sino de alegría, procurando acoger en todo momento lo que se nos daba y dando gracias por ello al Señor. 
El camino no estaba hecho, había que trazarlo cada día aprendiendo la espiritualidad de los pobres que ponen toda su confianza en el Señor. Los desheredados, que vivían también a las afueras de la ciudad, llamaban a nuestra puerta a pedirnos un pedazo de pan, a nosotras que, como ellos, también vivíamos de limosna. Aquellos rostros, frecuentemente desesperados por no tener con qué alimentar a sus hijos, o por no saber cómo curarlos cuando enfermaban, nos iban enseñando el sentido de la inseguridad. Y ahí, mis hermanas y yo que, al contrario que ellos, habíamos escogido ser pobres, íbamos aprendiendo la entrega total en las manos del Padre y experimentando el sentido profundo de la palabra evangélica: el que da de comer a las aves del cielo y viste a los lirios del campo, hará que no os falte la comida y el vestido.
El tener que construir día a día nuestro propio estilo de vida nos llevaba a dedicar la mayor parte del tiempo posible a la oración silenciosa en diálogo con Aquél a quien queríamos seguir apasionadamente. Sólo su Espíritu podía ir enseñándonos a optar cada día conforme al Evangelio. Pero a la vez, sentíamos que era importante dialogar también entre nosotras y así, de una manera muy informal, comenzó a tomar forma lo que luego llamaríamos el Capítulo semanal. De momento, nuestros encuentros fraternos nos servían para animarnos mutuamente a acoger la Palabra escuchada, para comprobar cómo esta se iba haciendo vida, para confesar libremente nuestra propias debilidades solicitando la ayuda de las demás, para organizar la jornada y para ir definiendo en situaciones concretas nuestro estilo de vida. Si algo nos caracterizaba como grupo era nuestra cálida comunión fraterna, nuestra corresponsabilidad. Nuestras relaciones tenían los rasgos de una verdadera amistad en el Espíritu: calor humano, conocimiento mutuo, afecto y entrega mutua que nacía del amor desbordado de quien era nuestro único Amor.
Teníamos muy claro que dentro de esta nueva forma de vida debíamos dedicar una parte de nuestro tiempo a trabajar con nuestras propias manos. Por eso nos ocupábamos, con herramientas muy rudimentarias, en hilar, tejer, bordar, que eran los trabajos que sabíamos hacer porque los habíamos aprendido desde niñas.  En esta nueva vida que estábamos estrenando, experimentábamos el trabajo como una gracia, como un don, como una forma de imitar a Cristo en las tareas cotidianas.
Como ya os he comentado, la celebración de la Liturgia de la Iglesia marcaba el ritmo de nuestros días y nuestras noches. Las vigilias y los ayunos también eran algo habitual. En aquella vida de continua conversión que habíamos elegido. Vivíamos en una época marcada por una fuerte conciencia de la realidad del pecado y, como “penitentes” recurríamos al ayuno, así compartíamos la situación de quien nada tenía, y a la abstinencia de la carne y otros alimentos exquisitos de la época; prolongábamos las vigilias en oración, dormíamos sobre la tierra desnuda... 
Estos actos de continua conversión, que ahora quizá os pueda costar comprender, eran propios de aquella época. En nosotras, que voluntariamente habíamos escogido aquél camino de penitencia y conversión, eran una respuesta al amor de Dios, a quien nada ni nadie se le podía anteponer. Una forma de luchar contra el propio egoísmo que siempre impide amar a los demás, desearles el bien, entregarse sin límites ni condiciones...
Reconozco que comencé a dedicarme a una práctica penitencial excesiva: apenas comía ni dormía y cuando lo hacía era sobre sarmientos de vid; pero para mi era una forma explícita de abrazar a Cristo pobre, mirándole hecho despreciable por nosotros, con el anhelo de imitarle. Nunca pedí a las hermanas que vivieran con la misma austeridad que yo y sé que las hermanas en ocasiones sufrían al verme hacer tales excesos de penitencia corporal. Tan lejos llevé mi deseo de vivir solo de Cristo y para él que acabé enfermando  por el excesivo ayuno y Francisco se vio obligado a intervenir con la ayuda del Obispo Guido. En aquel momento yo no entendía otra forma de vivir la Pascua de Jesús y participar en la vida de los últimos de la sociedad sino desde el sufrimiento, no había aprendido a comportarme con mi cuerpo con la misma benevolencia que el Padre celestial derramaba sobre mí y que yo procuraba derramar sobre mis hermanas. 

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

viernes, 28 de julio de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte II


“Creo recordar que me había quedado en el momento de mi primer encuentro con Francisco... Aquella experiencia marcaría mi vida para siempre. Acompañada de mi buena y fiel amiga Bona de Guelfuccio fui donde estaba Francisco, quien me recibió junto a uno de sus primeros compañeros. Comenzó a hablarme del seguimiento de Cristo, del gozo de pertenecerle solo a Él en la pobreza más total. Sus palabras se iban grabando en el fondo de mi alma, tocando las cuerdas más secretas de mis intuiciones y deseos, arrojando una gran luz a mi búsqueda y ayudándome a comprender el sentido de esa llamada que había venido sintiendo en mi interior.
Ya había tomado una decisión: abandonaría todo por el Señor Jesucristo, a quien ya había descubierto y amaba en mi corazón y en la oración, y ahora también se me hacía visible y palpable a través del rostro de Francisco. Aquel que para muchos no era más que un joven loco y harapiento se convirtió para mi en la imagen y el espejo de mi Señor Jesucristo. Fue algo indescriptible que iría creciendo a través de los años y daría origen a una relación de comunión entre nosotros fundada en el Amor único y desbordante que ambos sentíamos hacia Dios.
Tras unos cuantos encuentros secretos, lo preparamos todo para poder abandonar mi casa paterna y lanzarme a esta aventura evangélica. No teníamos bien definidos los pasos a dar porque el Señor ilumina solo la parte necesaria del camino para avanzar; pero tampoco íbamos a ciegas, el Obispo de Asís, que años atrás había acogido bajo su manto a Francisco cuando en la plaza pública lo había dejado todo, incluso los vestidos, estaba ya al corriente de mi decisión y había obtenido de él su bendición.
Era el domingo de Ramos del año 1211. Junto a mi madre y mis hermanas fui a la catedral a participar en el rito presidido por el Obispo. Cuando todos fueron a tomar el ramo, yo, todavía no sé bien si por discreción o porque estaba totalmente sumergida en la idea de lo que iba a hacer, me quedé quieta en mi sitio. Entonces el Obispo se abrió paso entre la gente y vino hasta mí a entregarme el ramo. Fue en ese momento cuando supe que contaba con su bendición para seguir adelante con aquella radical opción evangélica que estaba a punto de abrazar. 
Aquella misma noche, sacando todas las fuerzas del Señor, esperé a que todos en la casa estuvieran dormidos y salí presurosa por la puerta de atrás, no si grandes trabajos para retirar las vigas y la columna de piedra con que la misma estaba atrancada. Una vez en la calle, fui dejando atrás la ciudad adormecida y con paso ligero y sin dejar que ni siquiera el polvo se pegara a mis zapatos, me dirigí hacia la única puerta que sabía que estaría abierta en las murallas de acceso a la ciudad. Hubiera preferido haberme ido de otra manera, con el consentimiento de mi familia, pero conocía muy bien la índole guerrera de los míos, sobre todo del tío Monaldo, y estaba segura de su fuerte oposición. 
El problema no era que hubiera optado por la vida consagrada, que hubieran aceptado de buen grado si mi intención hubiera sido entrar en uno de los monasterios de la época, el problema era que había decidido emprender un camino nuevo siguiendo las indicaciones de un joven penitente que en aquel momento solo había recibido una aprobación oral de la Iglesia. Yo sabía que lo que estaba haciendo significaba romper con mi condición social, incluso un poco antes había vendido mi herencia y se la había dado a los pobres, conforme al mandato evangélico. Verdaderamente lo había dejado todo para unirme a Aquél que por nosotros se ha hecho pobre, para vivir el abandono confiado y total de los pequeños que se encomiendan totalmente al Padre de las misericordias. Tenía dieciocho años y sabía muy bien lo que quería hacer.
En la Porciúncula, la minúscula iglesita dedicada a Santa María de los Ángeles, que Francisco había restaurado, él y sus primeros compañeros me esperaban saliendo a mi encuentro con antorchas encendidas. Yo iba vestida con mis mejores galas porque sentía en mi corazón que iba al encuentro del Esposo. Francisco entonces, en un clima de intensa oración, me recubrió con el sayo de la pobreza y recortó mis cabellos entrando así a formar parte de su “fraternitas”.  
Pero era necesario encontrar una solución porque no podía quedarme allí y Francisco junto con dos de los compañeros me acompañaron al monasterio de las Benedictinas de San Pablo en Bastia, que tenían derecho de asilo y donde estaría protegida ante las reacciones de mi familia, que por supuesto fueron a buscarme intentando convencerme de todos los modos posibles, incluso con violencia, para que desistiera de mi decisión.
La estancia en el monasterio de San Pablo fue breve. De ahí marché a la iglesia del Santo Ángel de Panzo. Fue allí donde se unió a mí mi hermana Catalina, por quien tanto había orado al Señor para que iluminara su corazón. No lo tuvo fácil porque, cuando nuestra familia se enteró de sus intenciones, vinieron a buscarla y quisieron llevarla de nuevo a casa arrastrándola y golpeándola. Yo oraba al Padre pidiéndole que la llenara de firmeza y coraje. Y Dios, que siempre escucha a sus pequeños que confían plenamente en Él y que se entregan en sus manos, hizo posible que Catalina, aunque magullada y dolorida, saliera victoriosa y contenta de haber sufrido por amor del Esposo.
Cuando Francisco se enteró de lo ocurrido, impresionado de tanta fortaleza, le dio el nuevo nombre de Inés, que quiere decir cordera, porque se había hecho semejante a Aquel que es el Cordero de Dios.


Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

viernes, 21 de julio de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte I


Clara de Asís, conocida por muchos como la “plantita de san Francisco”, tenía personalidad propia, una personalidad exquisita que merece la pena descubrir.
Nos vamos aproximando a la celebración de su fiesta, el día 11 de agosto y, con la ayuda de algunas de nuestras publicaciones sobre ella, queremos ofreceros un sencillo camino de acercamiento a su vida y su espiritualidad.
Cojamos su mano y caminemos junto a ella con un nuevo ánimo, una nueva mirada, un nuevo sentido, que nos llene de nuevas fuerzas para creer, esperar, amar..
“Me llamo Clara y nací en 1193, en Asís, una bella ciudad de la Umbría italiana, en una casa-torre de la plaza del pueblo, cerca de la catedral de San Rufino. Mi familia, perteneciente al linaje de los Offreduccio, era una de las veinte familias más ricas y poderosas de la zona. Mi madre fue una gran mujer. Dotada de grandes aptitudes humanas y una profunda fe cristiana, cuando esperaba emocionada el feliz momento de mi nacimiento, oró ante un Cristo crucificado pidiendo ayuda para el momento del parto, y escuchó en su interior estas palabras: “No temas, porque de ti saldrá una gran luz que iluminará el mundo”.  Y desde ese momento supo que me llamaría Clara.
Mi infancia fue feliz, aunque no siempre fácil. Fue mi madre quien me enseñó los fundamentos de la fe cristiana, iniciándome muy pronto en la oración con métodos adaptados a mi edad. Mi madre era una mujer que se entregaba con todo su ser y cuya coherencia de vida la hacían creíble. De ella aprendí la firmeza de voluntad siempre acompañada de la dulzura, el sentido positivo de la vida y una profunda gratitud por lo beneficios de Dios. También junto a ella aprendí el amor para con los pobres, ese amor que mi madre tantas veces practicaba con sencillez y sin ostentación. Mi vida era acomodada, rodeada de bienestar, y ver a otros niños viviendo en la pobreza, solos, sin el calor y la seguridad de una familia, interpelaba mi corazón y me sentía llamada a compartir con ellos todas esas cosas buenas que yo tenía en mi vida. 
Mi inocencia infantil pronto se vio turbada por el horror y la crueldad de aquella interminable lucha entre los nobles y el pueblo, hasta llegar a experimentar la dureza del exilio. Fue mi tío Monaldo quien nos llevó a toda la familia a Perusa, donde residimos durante varios años. Una nueva ciudad, diferente a Asís, no sólo por su situación geográfica y por su estructura, sino también, y sobre todo, por la costumbres de los ciudadanos, diferentes a aquellas en las que se había desarrollado mi vida hasta ese momento. Se estaban gestando tiempos nuevos y había que aprender a situarse en ellos. Y una vez más mi madre Ortolana fue un ejemplo de vida para mí.
Por lo demás, mi infancia se fue desarrollando según las costumbres de la época y recibiendo la instrucción en aquellas materias que constituían el ajuar de una mujer de la aristocracia de aquella zona. En el proyecto de mi familia estaba el matrimonio, pero yo sentía que mi vida debía transcurrir por otros caminos y decidí oponerme a esos proyectos. No fue fácil, ya que en aquella época en las familias nobles eran los padres quienes decidían el porvenir de los hijos, y más especialmente de las hijas. Además en mi familia no había herederos varones, y siendo yo la primogénita, había más interés aún por concretar acuerdos favorables de matrimonio con alguna otra familia noble. Y aunque llegué a estar cansada de esta larga lucha familiar, yo me mantuve inflexible. No quería seguir el camino establecido, quería seguir el camino del Evangelio que había ido descubriendo desde mi niñez de la mano de mi madre; un camino que pide cambiar de mentalidad y no conformarse a las costumbres del mundo.
Tenía claro el camino, pero necesitaba encontrar el cómo hacerlo realidad. La Iglesia en aquellos tiempos ofrecía diferentes posibilidades de consagración. Yo suplicaba sin cesar al Espíritu Santo que me indicara el camino. En esa situación estaba cuando llegó hasta mí una noticia que corría de boca en boca: Francisco de Pedro Bernardone había abandonado todo y estaba iniciando un nuevo camino evangélico. Había emprendido una  nueva vida de comunión fraterna y de pobreza extrema. Surgió entonces dentro de mí el deseo de conocer de cerca su nueva experiencia de vida. Me enteré que Francisco iba a hablar a los fieles de Asís en la Catedral y fui a escucharle. Y al hacerlo sentí vibrar en lo más íntimo de mi ser una profunda sintonía espiritual.
En aquel momento, a los ojos de la gente bien de Asís, Francisco no era sino un aventurero, un exaltado. Pero yo estaba decidida a encontrarme con él, aunque fuera algo que estaba muy lejos de los convencionalismos sociales de aquella época, algo atrevido e incluso temerario. Por supuesto tenía que hacerlo a espaldas de mi familia, lo que no facilitaba las cosas; pero lo conseguí. Aunque de eso os hablaré en otra ocasión."

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

miércoles, 12 de julio de 2017

Lectura y relectura de Juan, el discípulo

Viene siendo habitual en estos últimos años una estrecha colaboración entre nuestra editorial Arantzazu y la Editorial Verbo Divino en la publicación de algunos libros de nuestro hermano franciscano Javier Garrido.

En este marco de colaboración, os presentamos este nuevo libro que lleva por título: “Lectura y relectura de Juan, el discípulo”.

Javier Garrido, como él mismo lo expresa, no es un especialista en el Nuevo Testamento, pero sí un adicto a él, de manera especial a Pablo y Juan.

El evangelio de Juan y sus cartas se nos ha dado a los cristianos no solo para conocer nuestros orígenes, sino también para iluminarnos en cada contexto histórico que nos toca vivir. Desde este planteamiento, Javier Garrido ofrece este libro, que combina la meditación de los textos bíblicos y el discernimiento espiritual de la existencia cristiana.

El libro tiene dos partes: en la primera el centro es Jn 13-21, la hora y pascua de Jesús, haciendo la relectura desde las resonancias, unas desde la propia experiencia personal del autor, otras desde ideas suscitadas por el propio texto.

En la segunda parte, el centro es la primera Carta de Juan. Aquí la relectura se hace desde las reflexiones, con una intención clara: hacer ver cómo un texto de ayer es un texto de hoy, admirablemente actual.
Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros. (Jn 16, 12-15)
 El autor acaba el prólogo del libro con dos sugerencias:

– Que el lector se detenga más en el texto de Juan que en las reflexiones y resonancias aquí escritas. Y, por ello, que pida el Espíritu Santo, porque escritos así requieren comunión interior.

– Hay una etapa en la vida del creyente que es especialmente apta para leer y releer a Juan: cuando la persona de Jesús va teniendo autoridad de amor y sentimos que ser su discípulo es más que aceptar y venerar su doctrina: pertenencia y obediencia.

Para más información, visita nuestra tienda online.

lunes, 26 de junio de 2017

Los rostros franciscanos de la misericordia

Este es el sugerente título del nuevo libro que acabamos de publicar en la Colección Minor (nº 15).

Nacido de la mano y, sobre todo, del corazón de Fr. Francisco Castro Miramontes, hermano franciscano de la Provincia de Santiago (España), a lo largo de sus páginas nos va desgranando los rostros franciscanos de la misericordia. 

Francisco de Asís es el hombre reconciliado y reconciliador. El hombre que sale a los caminos de la vida para acoger, de manera especialmente entrañable a los últimos, a los no amados, a los marginados..., simbolizando esa acogida total en el beso al hermano leproso, que supuso para el propio Francisco su conversión definitiva, su cambio radical. Para él, la fraternidad y la misericordia son dos términos correlativos. La fraternidad nace de sabernos hijos de Dios; por tanto, cualquier persona es, ante todo, un hermano a quien amar. Por eso la misericordia abraza el corazón del franciscanismo siendo así una de sus razones de ser: 
“Estar en el mundo para proclamar, antes con la vida misma que con las palabras, el Amor de Dios a toda criatura, un amor que es, debido a nuestra fragilidad, pura misericordia que cura heridas del alma, y nos fortalece para seguir adelante pese a nuestra fragilidad”.
Estos son los rostros franciscanos de la misericordia: la Hospitalidad que acoge; la Fraternidad que abraza; la Compasión que nos sensibiliza; el Compromiso que nos lleva a transformar el mundo; la Solidaridad que apoya al frágil; la Esperanza que despierta ideales; la Amabilidad que dulcifica las relaciones; la Paz que sobreviene tras las luchas; la Reconciliación que es fruto de la humildad; la Bondad que nos lleva a practicar el bien; Dios, esencia de la vida.

No son necesarios grandes gestos, son los pequeños detalles de cada día: una sonrisa, una palabra de aliento, escuchar con cariño, visitar o acompañar a tantas personas que están o se sienten solas... Francisco Castro Miramontes, haciéndonos partícipes de su pensar, de su sentir y de su actuar en la vida nos quiere mostrar que:
 “Los rostros franciscanos de la misericordia son los pequeños gestos que resultan ser los verdaderos desencadenantes de grandes hechos que cambian el perfil de una sociedad constituida por seres humanos que cambian el mundo”.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Catálogo de exposiciones del pintor Xavier Álvarez de Eulate (2014-2107)

En Ediciones Franciscanas Arantzazu hemos publicado recientemente un catálogo para recoger las distintas obras pictóricas del artista franciscano Xavier Álvarez de Eulate que, desde 2014 y en años consecutivos, se han mostrado al público en la Basílica de Santa María del Coro de San Sebastián en las cuatro exposiciones realizadas hasta la fecha con la seria motivación de dar a conocer el arte del creador de las vidrieras del Santuario de Arantzazu y contribuir al reconocimiento artístico y público que merece.

Siguiendo el criterio del crítico Edorta Kortadi, la Provincia Franciscana de Arantzazu, la Fundación Arantzazu Gaur y la asociación Arantzazuko Adiskideak han organizado cuatro muestras temáticas en torno a distintas series que Álvarez de Eulate trabajó, en pequeño y gran formato, a lo largo de su actividad plástica. La primera exposición reunió catorce Santas Faces del autor. En 2015, la muestra concentró veintiuna interpretaciones del motivo bíblico de la Zarza ardiendo. La abstracción más pura se hizo presente, un año más tarde, con dieciséis Espacios para una aparición, espacios coloristas para la reflexión y la contemplación. Y la cuarta exposición, que abrirá sus puertas el próximo 25 de abril, recoge otros dieciséis trabajos de la serie Paisajes del pintor.

El nuevo catálogo abarca una mínima parte de la producción pictórica del creador prolífico (y humilde) que fuera Álvarez de Eulate. Su catálogo completo recoge más de 600 obras entre cuadros y esculturas. Copioso legado que desde Arantzazu continuará divulgándose con ahínco (a pesar de su deseo de pasar desapercibido en los circuitos del arte).


Xavier Álvarez de Eulate margolariaren erakusketa-katalogoa (2014-2017)

Xavier Álvarez de Eulate artista frantziskotarren margolanak oinarri izanik, 2014.az geroztik, urtero-urtero eta gaur egun arte, Donostiako Santa Mariako Basilikan antolatu diren lau pintura-erakusketetan publikoaren ikusgai jarri diren obrak jasotzen dituen katalogoa kaleratu berri du Edizio Frantziskotarrak argitaletxeak. Erakusketok Álvarez de Eulateren artea publikoari gerturatzeko asmoa eta margolari bezala zor zaion ospea aitortzeko xedea izan dute.

Edorta Kortadi arte-kritikoaren irizpideari jarraiki, Álvarez de Eulatek haren ibilbide plastikoan, formatu handian zein txikian, landu zituen serie desberdinetako laurekin osatu dituzte Arantzazuko Frantziskotarren Probintziak, Arantzazu Gaur Fundazioak eta Arantzazuko Adiskideak elkarteak publikoari erakutsitako bildumak. Lehen erakusketak autorearen hamalau Aurpegi Santu hartu zituen. 2015ean, Sasia sutan motibo biblikoaren hogeita bat interpretazio hautatu ziren. 2016. urtean, abstrakzio puruaren aldeko apustua eginez, Agerkunderako espazioak saileko hamasei margolan jarri ziren ikusgai; gogoetarako eta kontenplaziorako espazio koloretsuak horiek. Eta 2017ko erakusketak, apirilaren 25ean inauguratuko dena, Paisaiak saileko beste hamasei obra erakutsiko ditu.

Katalogo berriak, interesdunek eskuragarri dutena, Álvarez de Eulate kreatzaile prolifikoaren (eta umilaren) pintura-ekoizpeneko zati txiki bat baino ez du jasotzen. Haren katalogo osoak, margolanak eta eskulturak batuta, 600 lanetik gora hartzen ditu. Oparoa da ondarea. Arantzazutik, gogo betez, gizarteratzen jarraituko dena, gainera (arte-zirkuituetan ez nabarmentzeko artistak zuen borondatearen gainetik).

lunes, 22 de mayo de 2017

Núcleos del carisma de san Francisco de Asís - Fernando Uribe

Con mucho gusto, y como un sentido homenaje hacia su autor, acabamos de publicar en nuestra Colección Hermano Francisco esta obra póstuma del Hno. Fernando Uribe († 2015): “Núcleos del carisma de san Francisco de Asís. La identidad franciscana”.

Nadie mejor que él para presentarnos la obra:
El tema de la identidad franciscana ha cobrado una fuerza inusitada en las últimas décadas. Se trata de un interés creciente que se explica, entre otras cosas, por la galopante disminución numérica registrada durante este tiempo de los hermanos y hermanas que pertenecen a los Institutos que integran la gran familia franciscana. dado que entre las causas de la disminución se anota la deserción de sus miembros y el escaso número de los que ingresan, muchos explican el fenómeno por la pérdida de la propia identidad o el desconocimiento de la misma. 
El presente trabajo pretende ofrecer un pequeño aporte para hacer frente a esta crisis de identificación que, en algunos casos, ha adquirido tintes patéticos. Mi interés es presentar un panorama, lo más completo posible, de la espiritualidad franciscana desde los principales elementos que la componen, los cuales no son otra cosa que los rasgos específicos de su identidad carismática; desde esta perspectiva, tales elementos constituyen como los núcleos en torno a los cuales giran los ideales evangélicos de san Francisco de Asís. Espero que mi aporte contribuya a que muchos encuentren razones para ingresar y, muchos otros, motivos para permanecer. 
El interés por la identidad franciscana es tan antiguo como la historia del franciscanismo. En mi caso personal, este interés ha estado desde el comienzo de mi vocación y ha sido uno de los objetivos centrales de mi reflexión y de mi ministerio como docente. Lo que presento en estas páginas no es, por tanto, producto de la improvisación. Son trece temas que guardan entre sí una fuerte articulación, pues corresponden a una experiencia de vida, la de Francisco de Asís y sus primeros hermanos: 1. La fe en la paternidad de Dios; 2. La posesión del Espíritu del Señor; 3. El espíritu de oración y devoción; 4. El sentido de la desapropiación; 5. La pureza de corazón; 6. La paz como condición del corazón; 7. La observancia del evangelio; 8. La Iglesia de Cristo; 9. El seguimiento de Jesucristo; 10. La vida de penitencia; 11. La fraternidad; 12. La minoridad; 13. La evangelización.
Este trabajo en su conjunto puede ser calificado como un esfuerzo de “lectura” de las fuentes primarias, pues considero como un principio inamovible que, sin una conveniente lectura, no podrá haber una re-lectura válida. Con todo, a fin de que la presentación de cada uno de los temas no se reduzca a una especie de reconstrucción arqueológica, me ha parecido importante que sean leídos a la luz de las tendencias, expresiones y exigencias del momento presente, pero teniendo en cuenta que son vitales para afianzar la identidad de los franciscanos y las franciscanas de los tiempos actuales. Al final de cada tema enuncio alguna sugerencias para la actualización, a manera de pistas, con el deseo de que sean ampliadas y profundizadas por los lectores.
Mi deseo es que el estudio y la asimilación de estos elementos, que fueron tan determinantes en la vida de san Francisco, sirva de algún modo a los que, guiados por él, hemos sido llamados a seguir las huellas de Jesucristo.   
Al ponerle punto final a este trabajo, fruto de muchos años de reflexión compartida con tantas personas, quiero expresar mi agradecimiento a ellas. 
 Santa Rosa de Cabal, 28 de febrero de 2015

Gracias a ti, Hno. Fernando, es mucho lo que el franciscanismo te debe, porque con tu vida, con tus escritos y publicaciones, con tu docencia en Europa y en tantos países de América Latina, contribuiste a rescatar, resaltar, clarificar y difundir los núcleos del mensaje de Francisco y Clara de Asís.