jueves, 27 de abril de 2017

En el encuentro brota la vida

Estamos cansados de palabras, cansados de tantas promesas políticas e incluso religiosas que se quedan en eso, en promesas.  En medio de la vorágine de nuestra existencia necesitamos encontrar valores, encontrar serenidad y felicidad personal, pero muchas veces nos equivocamos corriendo detrás de los placeres ocasionales y siempre nuevos. 
Vivimos nuestra libertad como algo para saciar nuestros deseos: "¡Soy libre porque hago lo que quiero!". Nos cuesta tener en cuenta a los demás, o tomar conciencia de nuestras propias exigencias más interiores. Nos sentimos insatisfechos y sin verdadera paz interior. Nos creemos libres, pero no sabemos qué hacer con nuestra libertad. 
En un mundo globalizado, interconectado al segundo a través de las redes sociales, estamos, en realidad, cada vez más solos y nos sentimos más víctimas de los otros, del sistema. Nos faltan relaciones auténticas, nos cuesta superar el miedo y la desconfianza que paralizan todo movimiento hacia los demás. Dudamos de las posibilidades de unas relaciones abiertas y universales, nos cuesta creer en la palabra dada, confiar en otros es casi una locura... Interconectados sí, pero a distancia, sin un verdadero empeño en la relación, en salir al encuentro del otro. Y, sin  embrago,  la realidad es que solamente vivimos y maduramos de verdad a través de la relación.

En Francisco de Asís encontramos una existencia realizada, serena, pacificada. Su mayor testimonio no son sus palabras sino su vida, una vida auténtica nacida del encuentro: con Dios, consigo mismo, con los otros, con toda la creación. Su libertad, orientada hacia Dios, le permite desplegar lo mejor de su personalidad en las relaciones con todos y con todo
. Es libre porque es capaz de abrirse y darse a los demás con simplicidad y sin miedos. Francisco ve en cada ser un posible amigo, hermano o hermana. Se arriesga y sale al encuentro del otro, cualquiera que este sea,  sin reservas ni sospechas: al encuentro de los bandidos en el bosque, al encuentro del Sultán en su corte... Francisco ha descubierto que cada persona, cada ser vivo no es solamente lo que se manifiesta hacia fuera, en la superficie. Su verdadera identidad, su verdadera imagen está en el interior y a menudo es necesario sacarla de nuevo y liberarla de tantas formas de esclavitud. 

No se trata de hacerse preguntas sobre los demás, de clasificarlos, juzgarlos, temerlos... sino de preguntarse: ¿por qué no vamos hacia el otro? ¿qué nos lo impide? O ¿por qué vamos sólo hacia los semejantes o los amigos? 
En medio de un mundo dividido, marcado por tantas y tan diversas ideologías, la mayor parte de ellas excluyentes, egocéntricas, interesadas, frustrantes e incluso suicidas; en medio de una sociedad donde lo que impera es el juicio que "ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio",  que con frecuencia quiere obligarnos a tomar partido desde el "o estás conmigo o estás contra mí",  Francisco de Asís nos invita a creer en la fraternidad universal, en la alegría de vivir relaciones verdaderas, liberadoras y gratuitas, a creer en el gusto por la vida, una vida reconciliada consigo misma, con los demás y con toda la creación. A creer que en la diferencia y el encuentro brota la vida.

Cf. Recuperar la intuición evangélica franciscana, Giacomo Bini
Ediciones Franciscanas Arantzazu

viernes, 21 de abril de 2017

Gratuidad

“Gratuidad” es una palabra olvidada hoy en día. En un mundo en el que todo se mide por el interés o la utilidad, hacer algo sin ganancia alguna es una locura. También las relaciones se miden con esta escala de valores. Parece imposible estar junto al otro plena y gratuitamente a la vez. Sin embargo, el amor verdadero es relacionarse gratuitamente con los demás y solamente ahí nuestra existencia tiene sentido y significado.

Para Francisco de Asís, servir gratuitamente era un exigencia porque comprendió que lo que somos, lo que tenemos, lo que hacemos, todo viene de Dios y todo tiene que ser compartido; el ser, el tener, las cualidades espirituales, las riquezas del corazón, los bienes materiales, todo tiene que ser compartido con todos, creyentes y no creyentes, buenos y malos.

Hemos recibido la vida gratuitamente, tenemos que entregarla gratuitamente a los demás. Esta es una existencia coherente que testimonia la vida verdadera sin necesidad de hablar mucho, de pronunciar grandes discursos, de perdernos en la teoría de la vida, donde sin duda nos manejamos mejor y nos sentimos más cómodos.

Cuando perdemos el sentido de la gratuidad corremos el riesgo de deslizarnos lentamente hacia la autodestrucción, el tedio, el desengaño, las alegrías artificiales, la desesperanza. Nos convertimos en dominadores, en propietarios e incluso en homicidas. Enmascaramos nuestro miedo y nuestra fragilidad poseyendo, dominando o excluyendo a los demás. Y ahí no queda espacio para la gratuidad ni para la fraternidad.

Francisco es liberado de esa preocupación de hacerse a sí mismo solo. Se recibe de Dios. En Él encuentra su consistencia y su futuro. Es liberado del miedo. Ya no tiene bienes que defender. Sólo tiene regalos de vida recibidos de balde y que compartir de balde.

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida; que nos creó, nos redimió y por su sola misericordia nos salvará; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos» (1 R 23,8). 
«Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por tu sola gracia, a ti Altísimo...» (CtaO 50-52). 
«Y restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede» (1 R 17,17).

Cf. Recuperar la intuición evangélica franciscana, Giacomo Bini
Ediciones Franciscanas Arantzazu

viernes, 7 de abril de 2017

La Pascua de san Francisco: Triduo Pascual


Jueves Santo
... Sino que a todos sin excepción se les llame hermanos menores. Y lávense los pies los unos a los otros (cf. Jn 13,14) (1R 6, 3).
La imagen de Cristo-servidor, cumplidamente evocada en el lavatorio de los pies, nos da en verdad la clave de la existencia cristiana. En ella se condensa el mandamiento nuevo que da el Señor a sus discípulos como mandamiento suyo y como única ley para sus seguidores: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. En contraste con el espíritu del mundo que busca el éxito, el placer, el dominio..., el cristiano debe ser una persona polarizada en la entrega de sí mismo al servicio humilde de sus hermanos; una persona  que se considere y se conduzca como el servidor de los demás en todas las circunstancias y situaciones.

Esta parece ser la herencia que Francisco quiso recoger en el apelativo de hermanos menores. Francisco ha comprendido perfectamente la importancia capital de la escena del lavatorio de los pies: ahí ve él el testamento del Señor y lo acepta humildemente para sí y para sus hermanos. ha penetrado en la interioridad del Jueves Santo y de la eucaristía y ha comprendido el significado inagotable de esa escena.

Con el nombre que ha dado Francisco a sus hermanos ha expresado todo su ideal de fidelidad a Cristo. El menor es el pequeño, el último, el que está entre los insignificantes, entre los miserables; pero al mismo tiempo esta pobreza incluye inevitablemente la idea de caridad: el menor es el servidor, el que se abaja para servir a los demás; su pobreza es la expresión de su amor. El hermano menor será para siempre el hombre del lavatorio de los pies en la tarde de la cena.

Misterio de pobreza, sí, pero en el corazón de un misterio de amor.


Viernes Santo

En el Oficio de la Pasión escrito por Francisco asistimos a la pasión de Jesús pero no desde fuera sino que la contemplamos desde un lugar privilegiado: el mismo Jesús. Es la pasión tal y como la vivió Cristo. Francisco meditaba asiduamente la Pasión esforzándose en revivir junto a Él esas horas dolorosas. Francisco vivía a Jesús uniéndose a Él a través de los acontecimientos de su propia existencia, acontecimientos que no son considerados en sí mismos sino por la marca que dejan en el corazón de Cristo. Y Francisco, llegado el día de su muerte, celebrará en ese acontecimiento el misterio de la muerte de Cristo.

La pasión se presenta esencialmente como una crisis del alma. A través de los hechos narrados por los evangelistas Francisco se adhiere a los estados del alma de Cristo. Revive, desde los gritos de angustia que llenan los salmos, el sufrimiento de Jesús que es esencialmente el de un amor desconocido, traicionado, escarnecido. El pobre que grita a Dios a los largo del Oficio de la pasión es un hombre expuesto a la hostilidad universal, asediado por todas partes, agobiado por la soledad, porque hasta sus amigos lo han abandonado; un hombre que se asombra con dolor de que a su amor desbordante se le responda con el odio. Pero este hombre que sufre es esencialmente un hombre en diálogo con Dios. Este es el terreno donde para Francisco se desarrolla el drama de la pasión y de la salvación del mundo: Cristo ante su Padre. Cristo y su Padre son los protagonistas de la pasión. Esta consiste por entero en la confianza infinita del Hijo, en sus llamadas y en su abandono. Cristo tiene total confianza en ese Dios ante quien se desarrolla este complot de la perversidad humana. Dios deja a su hijo expuesto a la prueba, el hombre-Jesús, así desamparado, no puede sino gritar a su Padre y confiarse a su cuidado. 
Alcé mi voz clamando al Señor,
alcé mi voz suplicando al Señor.
Derramo mi oración en su presencia
y expongo ante él mi tribulación
Ven en mi auxilio,
Señor Dios de mi salvación. (OfP 5)

Pascua

Para Francisco, el drama del sufrimiento de Jesús y su oración es algo inseparable del triunfo de Cristo. El Oficio de la pasión, iniciado con lágrimas, desemboca en la luz, y será un canto de victoria y un grito de alabanza.
Me dormí y desperté
y mi Padre santísimo
me acogió en la gloria (OfP 6, 11)
Para Francisco, muerte y vida son inseparables: dos aspectos de un mismo misterio. Francisco no limita la palabra pasión del Señor a los sufrimientos, ni siquiera el Viernes Santo. No podemos recordar los dolores del señor sin celebrar al mismo tiempo su resurrección. Su devoción a Cristo crucificado no está hecha de un sentimentalismo llorón sino que es una comunión de todo su ser con el misterio de amor de Cristo que con su muerte nos da la vida.

El don de Jesucristo es la maravilla por excelencia realizada por Dios y la que arranca del corazón de Francisco, de nuestros corazones y del corazón de toda la creación un grito de admiración; la que siempre hemos de tener presente y saborear en todas sus manifestaciones.
Hondamente conmovido por este don, Francisco acepta a Cristo, le abre su vida y sigue sus huellas hasta su pasión y su muerte, hasta el extremo de la pascua, es decir, hasta la plena intimidad de Jesús con su Padre. Sabe que es la única respuesta posible, el único modo que tenemos de aceptar el don de Dios. Seguir a Cristo hasta el fin es para Francisco aprender de Él la bondad de Dios y nuestra vocación de alabanza.
Bendigamos al Señor, Dios vivo y verdadero, y restituyámosle siempre la alabanza, la gloria, el honor, la bendición y todos los bienes. Amén. amén, Hágase. Hágase. (OfP)
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
ha sacrificado a su amado Hijo con su diestra
y su santo brazo.
El Señor ha dado a conocer su salvación,
ha revelado antes los pueblos su justicia.
En aquel día envió el Señor su misericordia,
y en la noche su canto.
Este es el día que hizo el Señor;
saltemos de gozo y alegrémonos en él.
(OfP 9) 
Cf. La Pascua de San Francisco, I. Étienne, G. Hégo
Ediciones Franciscanas Arantzazu







FELIZ PASCUA
¡ALELUYA! ¡ALELUYA! ¡ALELUYA!








La Pascua de San Francisco: introducción

Hemos caminado toda la cuaresma junto a Francisco de Asís. Estamos ya cerca de la gran  celebración de la Pascua, cumbre litúrgica que nos revela panorámicamente el admirable designio del Padre realizado por su Hijo Jesús. Junto con Francisco, vamos a contemplar y gustar, como niños sobrecogidos de admiración, las riquezas del Misterio único del amor.

Si algo caracterizó a Francisco de Asís fue su vivencia consciente de una espiritualidad pascual. Hijo de su época, había recibido de la Iglesia esa mentalidad pascual. Porque, pese a las miserias de aquella Iglesia y pese a las tentaciones que tenía de mundanizarse, había reacciones saludables que recordaban a la Iglesia su naturaleza “pascual” y su oficio de mensajera de la Pascua. Una de ellas fue la promovida por el IV Concilio de Letrán. (1215) a iniciativa de Inocencio III, quien en su discurso inaugural hizo una solemne proclamación del carácter pascual de la Iglesia:
“Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de sufrir (...). Quizá me preguntéis: ¿qué pascua de seas comer con nosotros? Pascua, en hebreo, quiere decir ‘paso’. Pero hay tres pascuas que yo deseo comer con vosotros: una corporal, otra espiritual, la tercera eterna. Una pascua corporal: paso de un lugar a otro, para la liberación de la infortunada Jerusalén. Pascua espiritual: paso de un estado a otro, para la reforma de la Iglesia universal. Pascua eterna: paso de una vida a otra, para conseguir la gloria del cielo”. (PL 217)
Francisco no solamente tuvo conocimiento de este discurso inaugural sino que quedó profundamente impresionado por él. Una de las huellas de este discurso en el ánimo de Francisco fue la aceptación de la letra Tau como su firma personal y como símbolo de la vocación de sus hermanos. Efectivamente, este signo lo evocó insistentemente el papa Inocencio III en la segunda parte de su discurso cuando, citando a Ezequiel, entiende que su misión es la de hacer pasar a los cristianos a una vida más evangélica. Al adoptar este signo de la Tau para su fraternidad, Francisco quería dar a entender que hacía suyo el gran deseo del papa.

Hubo, pues, un encuentro maravilloso entre el mensaje de este IV Concilio de Letrán y el espíritu de Francisco. A partir de este momento se inicia una etapa importante en la creación de la espiritualidad pascual de san Francisco.
Ocho siglos más tarde nos reconocemos en Francisco, nos encontramos en este hermano que revivía tan espléndidamente las diferentes fases del misterio de su Señor, que se asombraba de las maravillas pascuales, que las cantaba, y que educaba a sus hermanos utilizando el lenguaje pascual de la Biblia y de la Liturgia.

Cf. La Pascua de San Francisco, I. Étienne, G. Hégo
Ediciones Franciscanas Arantzazu


viernes, 31 de marzo de 2017

El “ver” reconciliado - Cuaresma franciscana

Junto a Francisco de Asís hemos aprendido la importancia de mirarnos en verdad, de reconciliarnos con la parte oscura de nuestro ser. Hoy vamos a dar un paso más, pues de nada serviría si en nuestro proceso de conversión nos quedáramos ahí. Es necesario ir encontrando esa coherencia entre nuestro corazón, nuestra oración y nuestro comportamiento.

La "mayoría espiritual" a la que accede Francisco pasa por lazos nuevos. Desde las primeras palabras de su Testamento, lo que le lleva a “empezar a hacer penitencia” es tratar con los leprosos y ponerse a su servicio. Hacer penitencia significaba, en aquella época, llevar una vida cristiana por la que todo convertido rompe con su pasado. Una ruptura que expresa, con comportamientos y obras concretas, sus nuevos sentimientos interiores.

¿Qué encuentra Francisco en la persona del leproso sino un marginal y un condenado por la sociedad? Pero más profundamente, el leproso es el otro, cualquiera que sea, el extraño. “En su camino” se encuentra con el leproso, es decir, dentro de su proceso es confrontado con el otro en lo que tiene de más repugnante.

Su antigua mirada venía del hecho de ver a los leprosos. La repugnancia y la imposibilidad de actuar estaban contaminadas por su mirada. Una vez más, Francisco se encuentra interpelado por su manera de ver. Cuando se arriesga a hacer un gesto de solidaridad y de servicio, su mirada cambia. Es la segunda parte del drama de fondo. No solamente ajusta sus manos a su corazón, también sus ojos. Esos mismos ojos que estaban completamente centrados sobre sus pecados y su fragilidad se desplazan hacia otro objeto: la miseria del otro.

La dulzura de la experiencia reposa sobre su capacidad de misericordia; pero el cambio en la visión de Francisco depende en primer lugar de la reconciliación entre su corazón, sus manos y sus ojos. La caridad que aprende reposa sobre una acogida de sí mismo y del otro, sin defensa ni reserva. Y el otro, por muy repugnante que sea, se vuelve fraterno. No es un gesto momentáneo de generosidad, al contrario, se trata de una exigencia nacida de la unidad entre lo interior y lo exterior, que se vuelve condición de vida y que va a animar cada una de sus relaciones.

Cf. Francisco de Asís y sus conversiones, Pierre Brunette
Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012

viernes, 24 de marzo de 2017

Acoger la propia sombra - Cuaresma franciscana

Seguimos viviendo nuestra particular cuaresma franciscana junto a Francisco de Asís, que se nos ha revelado como luz para nuestros propios procesos de conversión.

“Acoger la propia sombra”, ahí está el desafío. Para madurar su decisión de servir a Dios, Francisco tiene que reconciliarse con la parte oscura de su ser. Esto sólo se realiza por un reconocimiento benevolente de los bajos fondos del corazón.

El retiro y la soledad abren a Francisco a esta dimensión de su personalidad. Descubre que ya no puede ir a Dios únicamente con su lado generoso o brillante; tiene que acoger su pecado y la parte no terminada de su ser. Francisco considera su pasado no centrado sobre Dios, lo que llamará en el Testamento su vida “en el pecado”. Debe atravesar la espesura de su discernimiento y acogerse tal y como es, con sus incoherencias y su fragilidad. Es probado, pero persevera y según pasa el tiempo se hace permeable a la misericordia divina. De su arrepentimiento y de su abandono a esa misericordia brotará la paz. 
"Orando así, continua y ardorosamente con ayunos y lágrimas, y desconfiando de su virtud y su fuerza, puso totalmente su confianza en el Señor que, a pesar de las tinieblas en que estaba envuelto, le había inundado de maravillosa claridad". (TC 17)
En cuanto siente la bondad de Dios, surgen las respuestas a su búsqueda de un ideal en la vida. Pensemos en las palabras que lo animan a despreciarse y a apegarse a lo espiritual, o también en la visita del crucificado en medio de su tiniebla, o incluso en su memoria viva de la Pasión. Lo que extraña es esa fuerza de interpelación fruto de experiencias “subterráneas”; acaba por elegir a Dios y desear su intervención, en detrimento de su propia voluntad.

El Maestro de sus sueños empieza a habitar su corazón, el colmo de la alegría incluso en el fondo de la fosa.  Su corazón está conmovido y Dios lo agarra por su capacidad de amar. Su “Yo” queda tocado físicamente, en sus valores sociales y en su afectividad. Está ya en camino de conversión.
"Enardecido todo él interiormente, salió de la cueva y animoso, ligero y alegre, emprendió el camino a Asís”. (TC 17)

Cf. Francisco de Asís y sus conversiones, Pierre Brunette
Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012

viernes, 17 de marzo de 2017

Aceptar la tiniebla - Cuaresma franciscana

Francisco de Asís se nos ha mostrado siempre como un buen maestro de vida. Seguimos caminando hacia la Pascua acompañándolo en algunas etapas de su conversión con la esperanza de que estas iluminen nuestro propio camino cuaresmal.

Desde el regreso de Francisco de Espoleto y su comparecencia ante el obispo, al final del invierno de 1206, se abre un nuevo periodo de gestación en su conversión. Es conducido a orar en su búsqueda de un absoluto, a identificar su deseo de servir a Dios y a realizar actos de ruptura.
... Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo al Padre. tenía sumo interés en que nadie supiera lo que sucedía dentro. Solo con su Dios deliberaba sobre sus santas determinaciones. Sostenía en su alma una tremenda lucha. (1C 6)
Lo que se buscaba como refugio para meditar y retomar ánimos se transforma en un descenso interior difícil. Francisco quiere poseer el tesoro escondido, pero descubre el precio que tendrá que pagar. Descubre que vivir abiertamente para Dios es una elección exigente para él. Su desgarro interior es grande: no vislumbra ninguna salida en su ruta y se ve forzado a verificar la calidad de su corazón. La convalecencia y el fracaso de sus sueños le hacen ver las cosas de otra forma y provocan una llamada inusitada a favor de Dios. 
Pero sus primeros pasos en la soledad aumentan su sordera y ceguera espirituales. Sabe a lo que tiene que renunciar, pero ignora la forma que tomará su vida de penitencia. Los textos insisten sobre el hecho de que su única ocupación era orar a Dios para ser iluminado sobre ese punto. La tiniebla viene de su deseo cada vez mayor de Dios en un corazón aún lleno de estorbos.
Después vienen las tentaciones, los “pensamientos contrarios”. Tendríamos que hablar de dudas y de resistencias frente al proyecto. Él debería saber, como buen caballero, que no hay tesoro ni noble causa que se gane sin la prueba del combate. El combate interior tiene lugar en la gruta. El enemigo está en él y coloca su voluntad propia en lucha contra la angustia y la muerte a sí mismo. la oscuridad y el frío de la gruta recuerdan la negrura y la desnudez del alma. ¿Qué hacer? ¿Volver a su modo de vida anterior o servir a Dios? ¿Estar dispuesto a arriesgar a la vista de todos o ceder al miedo alas críticas? 
Ahí es donde interviene la visión amenazante de aquella vieja horrorosa jorobada:
"Había en Asís una mujer jorobada y deforme que el demonio traía a la memoria de Francisco en frecuentes apariciones, amenazándole con tocarle de la misma enfermedad que padecía esta mujer, como no renunciase a sus piadosos proyectos. Pero Francisco, como valiente soldado de Cristo, despreciaba las amenazas del diablo, penetraba en su gruta y se entregaba a la oración" (TC 12).
Francisco atraviesa una noche de verdad que lo obliga a mirarse en verdad.


Cf. Francisco de Asís y sus conversiones, Pierre Brunette
Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012

viernes, 10 de marzo de 2017

"Francisco de Asís y sus conversiones” - Cuaresma franciscana

Nuestra vida se va tejiendo poco a poco a base de búsquedas, encuentros, crisis, hallazgos, éxitos... que hacen que vayamos recorriendo un camino que será nuestra historia personal.

Estamos en Cuaresma, un tiempo litúrgico que la Iglesia nos ofrece cada año como camino de conversión. En palabras del Papa Francisco:
"La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor."
Pero con la Cuaresma puede ocurrirnos como con tantas otras cosas, que termina convirtiéndose en costumbre, en algo que celebramos porque toca y que apenas roza la superficie de nuestra vida. Francisco de Asís puede ayudarnos a vivir con mayor intensidad esta invitación a la conversión, a buscar entre nuestras tinieblas la Luz, a escuchar entre todas las voces la voz de Dios, a atrevernos a preguntar: ¿Señor, qué quieres que haga?

Os animo a vivir este tiempo de cuaresma acompañados de un sencillo pero hermoso libro: “Francisco de Asís y sus conversiones” (Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012).

El hermano franciscano Pierre Brunette nos muestra cómo la conversión de Francisco no aconteció en un solo día, sino a través de una historia que le fue llevando de conversión en conversión, de hallazgo en hallazgo. 
Francisco vivió diferentes etapas en el camino de su conversión, un largo proceso de maduración interior y de compromisos concretos. Vivió con la mentalidad de un convertido hasta su muerte. Francisco se deja interpelar sobre el sentido de su vida; profundiza su fe allí donde le lleva su búsqueda; arriesga con gestos y compromisos para intentar ir más lejos... 

Como si cada acontecimiento importante de su itinerario exigiera ser descodificado y leído más allá de los hechos y los signos, este libro trata de dejar que los hechos, su interpretación y resonancias dialoguen en nosotros para que iluminen nuestros propios discernimientos en el camino de la conversión. Su proceso inicial nos hablará en la medida en que sepamos comprender que el camino del discípulo que él recorre tiene que ser buscado con audacia y perseverancia. Sus conversiones van a desplegarse como una peregrinación única, capaz de iluminar nuestros pasos.

viernes, 3 de marzo de 2017

Francisco de Asís y el Sultán - Manuel Corullón

“Francisco de Asís y el Sultán” es el título de la nueva publicación dentro de nuestra Colección "Minor”.

Un libro que llega hasta nosotros en un momento importante de la historia humana, cuando muchas de las disputas entre pueblos tienen que ver con la religión: se ha tomado y se toma el nombre de Dios para aniquilar a otros. Piénsese en los recientes atentados en Europa, así como lo que ocurre en Siria o Palestina, sin contar otros conflictos.

¿Qué nos puede aportar esta obra ante esta realidad de intolerancia y fundamentalismo religioso?

El hermano franciscano Manuel Corullón nos ofrece una puerta para adentrarnos en la manera de pensar y, sobre todo, de sentir de Francisco de Asís ante aquellos que tenían una religión diferente a la suya. El libro nos enseña cómo Francisco, adentrándose en casa del Islam, inaugura un nuevo modo de relación y diálogo con los musulmanes; relación que se apoya en el diálogo, la escucha y el encuentro, las únicas armas de las que dispone un hijo del Evangelio; y muestra a todos una puerta abierta y novedosa en las relaciones con el Islam.

Un estupendo material espiritual con bases históricas, que no pretende simplemente informar, ya que ha nacido de la experiencia de vida del autor desde su más de 15 años de inserción en medio del pueblo musulmán. Una experiencia de vida que lo ha llevado a abrirse a lo diferente, a despojarse de prejuicios adentrándose en su cultura y tradición religiosa, a conocer su lengua...

Pero en el libro se ofrece un camino que no se limita al diálogo interreligioso con el Islam sino que se puede extrapolar a numerosas realidades de nuestro mundo que nos exigen aprender a convivir con quienes son diferentes a nosotros. En un mundo donde se busca cada vez más la confrontación frente al diálogo, el ataque sistemático frente al respeto, la intolerancia frente a la acogida del diferente, necesitamos de maestros como Francisco de Asís que nos guíen por caminos nuevos de respeto y acogida, de encuentro y diálogo; sentirnos, como él, desde la humildad y el abandono de todo espíritu de superioridad, hermanos de todos y de todo.

El Dios de Francisco, que no era otro que el Dios de Jesús pobre y crucificado, no tiene fronteras. Somos nosotros quienes a lo largo de la historia vamos construyendo los muros que nos dividen y separan. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Tienda online


La tienda online está temporalmente fuera de servicio por mejoras. Esperamos poder tenerla pronto nuevamente operativa.
Si queréis comprar algún libro, podéis contactar con nosotros directamente:

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martes, 15 de noviembre de 2016

Ecología franciscana

Raíces de la Laudato Si’, es el título del nuevo libro que hemos publicado en nuestra Colección “Hermano Francisco”.

El libro está prologado por Fr. Carlos Amigo, Cardenal Arzobispo Emérito de Sevilla. Nos valemos de sus palabras para presentaros la obra:
No es la primera vez que el profesor Martín Carbajo Núñez se ocupa de temas de ética y, más concretamente, de aquellos que se refieren a la responsabilidad social, política, económica y de la comunicación. Pero se venía echando de menos algún estudio más específico sobre temas ecológicos desde la perspectiva franciscana.
Francisco de Asís compuso, hace siglos, el Cántico de las Criaturas; el Papa Francisco nos lo ha recordado y puesto al día en la encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común. El espíritu de Francisco de Asís revolotea de continuo en esta encíclica, como un eje transversal que la impregna de impresionante sencillez. 
 Se nos invita así al gozoso deber de acercarnos al libro de la creación y a construir la paz, superando los desafíos éticos del mundo globalizado. Este es también el objetivo de las páginas de este libro.
Coincidimos con el autor en afirmar que Francisco de Asís es un modelo excelso de inspiración para una verdadera ecología del cuidado de la casa común. Siguiendo su ejemplo, tenemos que superar algunos ecologismos con ambiguas militancias y no pocos contrasentidos, que hacen evidente seguir avanzando en la reflexión y en el asentamiento de la verdad. Se necesita una ecología completa que sea, a la vez, intelectual, moral y trascendente. No cabe el divorcio, sino la integración. La ecología no puede ser únicamente una cuestión académica pluridisciplinar; debe ser también una actitud vital, que respete y potencie esa unidad incuestionable que existe entre el mundo, la persona y Dios. En este línea de ecología integral se sitúa este libro. 
Resulta evidente la visión franciscana de su autor; y la verdad es que nos hubiera sorprendido que no fuera así, pues su formación, su amplitud de ideas y su preocupación por la vigencia y actualidad del franciscanismo en los temas sociales lo estaban requiriendo. En efecto, lo franciscano es imprescindible en cualquier reflexión seria sobre el cuidado de la casa común. A nadie puede sorprender que Francisco de Asís sea el Patrono universal de los ecologistas. El profesor Martín Carbajo no ha necesitado mucho para demostrar en estas páginas los méritos que tiene el Poverello para tan merecido título.
El problema ecológico es complejo y va mucho más allá de la protección de los grandes espacios naturales y de la relación del hombre con el medio ambiente. El interés por la ecología no puede quedarse reducido a la aventura de algunos militantes y activistas, empeñados en sacar adelante unos determinados programas. Se necesita una verdadera escuela, con la pedagogía más adecuada, para que todos podamos comprender y orientar los temas ecológicos y para que sepamos superar algunos evidentes contrasentidos.
No es, por tanto, extraño que el autor de este libro subraye la ambigüedad del pensamiento actual sobre la ecología, la ética ambiental y la sostenibilidad. hace notar la necesidad de una reflexión serena y bien ponderada, en la que todos participen, para poder abrir nuevos horizontes de esperanza. Para ello, propone a san Francisco y a la tradición franciscana como fuentes de inspiración.
Argumentos, caminos y vías franciscanas del acercamiento a Dios no son tanto los razonamientos filosóficos y los discurso apologéticos, cuanto la seducción por el bonitatis splendor, la fascinación ante el amor de Dios que se ha derramado en la creación entera y particularmente en el hombre.
Martín Carbajo, como no podía ser de otra manera, termina el libro con un espléndido capítulo sobre la reconciliación y la reconstrucción de la gran familia cósmica. Una familia cordial y universal, en la que soñaba y para la que vivía Francisco de Asís. 

martes, 4 de octubre de 2016

Aprender a vivir con Francisco de Asís: tan humano y tan de Dios

Celebramos hoy la fiesta de san Francisco de Asís. Ocho siglos después, es mucho lo que se ha escrito y hablado de Francisco, pero su vida parece un manantial inagotable. Su persona y su mensaje siguen siendo una fuente en la que beber, una llama a la que acercarse, un aire fresco para la Iglesia y el mundo.
“Porque vivimos en las afueras de Dios, si es que Dios tiene afueras y no son él también. No hay por qué elegir entre Dios y lo otro: lo otro son también sus afueras. Todo... "(Antonio Gala)
¿Por qué aprender de Francisco de Asís? Porque cuando uno se acerca a él sin prejuicios encuentra el “modelo” de lo que uno quisiera hacer con la vida. No para repetir lo que él hizo, sino para aprender la filosofía de fondo que le conducía, las razones de su estilo.
  • Siendo Francisco un hombre tan medieval, resulta, sin embrago, tan llamativamente moderno. Posee Francisco ese atractivo de los grandes hombres, de los que han acertado en la vida con la vida.
  • Siendo tan pobre, aparece siempre tan “rico”, tan lleno de vida. 
  • Siendo enfermo toda la vida, abundaba en la alegría y gozos profundos. 
  • Sin tener nada lo tiene todo 
  • Sin pretenderlo, llega a los extremos de la tierra y de la historia. 
  • Siendo un indocto, sin cultura, ofrece las claves de lectura de una vida bien planteada. 
  • Original e independiente en sus posturas y gestos, pero sometido sin embargo a la voz y el dictado de sus hermanos. 
  • Hombre de evangelio, libre pero estrechamente ligado a la Iglesia en profunda y respetuosa obediencia y comunión con ella. 
  • Crucificado y dolorido por sus propias enfermedades y por las experiencias de la vida, pero cantor incansable de la gracia y de la vida. 
  • “Tocado y herido por la vida, pero reconciliado y pacificado por dentro. 
  • Cantor de la naturaleza, del cosmos, de la vida... y capaz de afrontar la muerte cantando y llamándola “hermana muerte" 
  • Hombre fraterno, rodeado de amigos y hermanos, pero solitario al mismo tiempo, muy “él mismo”, sujeto de su historia y de sus opciones. 
  • Un hombre “tan de Dios” y tan del hombre: humano, familiar, fraterno.
 (Cf. “Aprender a vivir con Francisco de Asís", Joxe Mª Arregi) 


Cuando uno da, como Francisco de Asís, con “el amor loco de Dios”, entonces la vida se vuelve don y canto, agradecimiento y ofrecimiento a los demás.


¡Feliz día de san Francisco a todos!