miércoles, 31 de mayo de 2017

Catálogo de exposiciones del pintor Xavier Álvarez de Eulate (2014-2107)

En Ediciones Franciscanas Arantzazu hemos publicado recientemente un catálogo para recoger las distintas obras pictóricas del artista franciscano Xavier Álvarez de Eulate que, desde 2014 y en años consecutivos, se han mostrado al público en la Basílica de Santa María del Coro de San Sebastián en las cuatro exposiciones realizadas hasta la fecha con la seria motivación de dar a conocer el arte del creador de las vidrieras del Santuario de Arantzazu y contribuir al reconocimiento artístico y público que merece.

Siguiendo el criterio del crítico Edorta Kortadi, la Provincia Franciscana de Arantzazu, la Fundación Arantzazu Gaur y la asociación Arantzazuko Adiskideak han organizado cuatro muestras temáticas en torno a distintas series que Álvarez de Eulate trabajó, en pequeño y gran formato, a lo largo de su actividad plástica. La primera exposición reunió catorce Santas Faces del autor. En 2015, la muestra concentró veintiuna interpretaciones del motivo bíblico de la Zarza ardiendo. La abstracción más pura se hizo presente, un año más tarde, con dieciséis Espacios para una aparición, espacios coloristas para la reflexión y la contemplación. Y la cuarta exposición, que abrirá sus puertas el próximo 25 de abril, recoge otros dieciséis trabajos de la serie Paisajes del pintor.

El nuevo catálogo abarca una mínima parte de la producción pictórica del creador prolífico (y humilde) que fuera Álvarez de Eulate. Su catálogo completo recoge más de 600 obras entre cuadros y esculturas. Copioso legado que desde Arantzazu continuará divulgándose con ahínco (a pesar de su deseo de pasar desapercibido en los circuitos del arte).


Xavier Álvarez de Eulate margolariaren erakusketa-katalogoa (2014-2017)

Xavier Álvarez de Eulate artista frantziskotarren margolanak oinarri izanik, 2014.az geroztik, urtero-urtero eta gaur egun arte, Donostiako Santa Mariako Basilikan antolatu diren lau pintura-erakusketetan publikoaren ikusgai jarri diren obrak jasotzen dituen katalogoa kaleratu berri du Edizio Frantziskotarrak argitaletxeak. Erakusketok Álvarez de Eulateren artea publikoari gerturatzeko asmoa eta margolari bezala zor zaion ospea aitortzeko xedea izan dute.

Edorta Kortadi arte-kritikoaren irizpideari jarraiki, Álvarez de Eulatek haren ibilbide plastikoan, formatu handian zein txikian, landu zituen serie desberdinetako laurekin osatu dituzte Arantzazuko Frantziskotarren Probintziak, Arantzazu Gaur Fundazioak eta Arantzazuko Adiskideak elkarteak publikoari erakutsitako bildumak. Lehen erakusketak autorearen hamalau Aurpegi Santu hartu zituen. 2015ean, Sasia sutan motibo biblikoaren hogeita bat interpretazio hautatu ziren. 2016. urtean, abstrakzio puruaren aldeko apustua eginez, Agerkunderako espazioak saileko hamasei margolan jarri ziren ikusgai; gogoetarako eta kontenplaziorako espazio koloretsuak horiek. Eta 2017ko erakusketak, apirilaren 25ean inauguratuko dena, Paisaiak saileko beste hamasei obra erakutsiko ditu.

Katalogo berriak, interesdunek eskuragarri dutena, Álvarez de Eulate kreatzaile prolifikoaren (eta umilaren) pintura-ekoizpeneko zati txiki bat baino ez du jasotzen. Haren katalogo osoak, margolanak eta eskulturak batuta, 600 lanetik gora hartzen ditu. Oparoa da ondarea. Arantzazutik, gogo betez, gizarteratzen jarraituko dena, gainera (arte-zirkuituetan ez nabarmentzeko artistak zuen borondatearen gainetik).

lunes, 22 de mayo de 2017

Núcleos del carisma de san Francisco de Asís - Fernando Uribe

Con mucho gusto, y como un sentido homenaje hacia su autor, acabamos de publicar en nuestra Colección Hermano Francisco esta obra póstuma del Hno. Fernando Uribe († 2015): “Núcleos del carisma de san Francisco de Asís. La identidad franciscana”.

Nadie mejor que él para presentarnos la obra:
El tema de la identidad franciscana ha cobrado una fuerza inusitada en las últimas décadas. Se trata de un interés creciente que se explica, entre otras cosas, por la galopante disminución numérica registrada durante este tiempo de los hermanos y hermanas que pertenecen a los Institutos que integran la gran familia franciscana. dado que entre las causas de la disminución se anota la deserción de sus miembros y el escaso número de los que ingresan, muchos explican el fenómeno por la pérdida de la propia identidad o el desconocimiento de la misma. 
El presente trabajo pretende ofrecer un pequeño aporte para hacer frente a esta crisis de identificación que, en algunos casos, ha adquirido tintes patéticos. Mi interés es presentar un panorama, lo más completo posible, de la espiritualidad franciscana desde los principales elementos que la componen, los cuales no son otra cosa que los rasgos específicos de su identidad carismática; desde esta perspectiva, tales elementos constituyen como los núcleos en torno a los cuales giran los ideales evangélicos de san Francisco de Asís. Espero que mi aporte contribuya a que muchos encuentren razones para ingresar y, muchos otros, motivos para permanecer. 
El interés por la identidad franciscana es tan antiguo como la historia del franciscanismo. En mi caso personal, este interés ha estado desde el comienzo de mi vocación y ha sido uno de los objetivos centrales de mi reflexión y de mi ministerio como docente. Lo que presento en estas páginas no es, por tanto, producto de la improvisación. Son trece temas que guardan entre sí una fuerte articulación, pues corresponden a una experiencia de vida, la de Francisco de Asís y sus primeros hermanos: 1. La fe en la paternidad de Dios; 2. La posesión del Espíritu del Señor; 3. El espíritu de oración y devoción; 4. El sentido de la desapropiación; 5. La pureza de corazón; 6. La paz como condición del corazón; 7. La observancia del evangelio; 8. La Iglesia de Cristo; 9. El seguimiento de Jesucristo; 10. La vida de penitencia; 11. La fraternidad; 12. La minoridad; 13. La evangelización.
Este trabajo en su conjunto puede ser calificado como un esfuerzo de “lectura” de las fuentes primarias, pues considero como un principio inamovible que, sin una conveniente lectura, no podrá haber una re-lectura válida. Con todo, a fin de que la presentación de cada uno de los temas no se reduzca a una especie de reconstrucción arqueológica, me ha parecido importante que sean leídos a la luz de las tendencias, expresiones y exigencias del momento presente, pero teniendo en cuenta que son vitales para afianzar la identidad de los franciscanos y las franciscanas de los tiempos actuales. Al final de cada tema enuncio alguna sugerencias para la actualización, a manera de pistas, con el deseo de que sean ampliadas y profundizadas por los lectores.
Mi deseo es que el estudio y la asimilación de estos elementos, que fueron tan determinantes en la vida de san Francisco, sirva de algún modo a los que, guiados por él, hemos sido llamados a seguir las huellas de Jesucristo.   
Al ponerle punto final a este trabajo, fruto de muchos años de reflexión compartida con tantas personas, quiero expresar mi agradecimiento a ellas. 
 Santa Rosa de Cabal, 28 de febrero de 2015

Gracias a ti, Hno. Fernando, es mucho lo que el franciscanismo te debe, porque con tu vida, con tus escritos y publicaciones, con tu docencia en Europa y en tantos países de América Latina, contribuiste a rescatar, resaltar, clarificar y difundir los núcleos del mensaje de Francisco y Clara de Asís.

viernes, 12 de mayo de 2017

En la paz del silencio

Este es el título de nuestra última publicación editorial. Se trata de una serie de poemas  en homenaje a santa Clara escritos por Carmina Moreno, poetisa granadina, licenciada en Filosofía y Letras, Geografía e Historia y doctora en Historia, a petición de las Hermanas Clarisas de Santa Isabel la Real (Granada) con motivo de la celebración del VIII Centenario del nacimiento de la II Orden.
El libro, como nos cuentan las hermanas en su presentación, es fruto de un “misterioso” encuentro acaecido en el silencio de un monasterio de clausura. 
A este monasterio se acercaba Carmina Moreno con frecuencia para visitar a las hermanas, compartiendo con ellas sus inquietudes personales y literarias. 
Cuando Carmina, a través del encuentro y la lectura, se acercó aún más a la vida, escritos y carisma de Clara, quiso la Providencia que de ese encuentro brotara la poesía.
Ese claustro nuestro tan querido
que representa tantos mundos sin explorar.
O, tal vez, el mismo desierto.
Mis ojos se clavan hoy en mí
formulándome una pregunta, ¿quién eres?
Y entonces siento la impreriosa necesidad de saber.
Lo sé, Clara,
mujer bella, porque siguiéndote a ti,
hasta el profundo mar del corazón
he descubierto tu secreto.
(...) hoy sé que abriendo mis sentidos al silencio
se encuentra la paz, y que en tan honda paz,
brota el verso como el amor. 

En sus quince poemas, Carmina nos invita a contemplar lo que ella ha contemplado y a descubrir lo que ella ha descubierto en Clara. Quince poemas que son como espigas recogidas en el campo del alma de Clara, espigas doradas por la luz del Espíritu que todo lo sondea. cada uno de ellos, al ir desgranando sus versos, nos revela algo de la historia de esta gran santa. Y nos hace exclamar:
¿Cómo seria tu mirada, Clara...
Cómo tu voz...
Cómo tus manos...? 
¡Qué diera yo por verte, hermana,
engalanada de amor y transformada!
La calidad artística y la profundidad espiritual de los poemas son evidentes. Carmina ha sabido expresar en ellos, con maestría ya reconocida, su experiencia como poetisa juntamente con una contemplación del carisma de Clara que sorprende. De ahí que el verso sea libre. Su estructura no obedece a las obligaciones de la rima ni al álgebra de las sílabas, sino a la prosa poética.

Completa este homenaje el excelente trabajo realizado por Paolo Remorini, que ha traducido los poemas al italiano, el idioma de santa Clara.
Los poemas en castellano van acompañados de alguna imágenes a color.

Que la lectura de estos poemas sea un motivo para avivar en nuestro interior el encuentro con Clara. Así seguirá siendo en este desorientado siglo XXI un rayo de la única luz de Cristo, en quien se encuentra la verdadera paz del silencio.

viernes, 5 de mayo de 2017

Contemplar a María con Francisco de Asís

A través de los textos marianos que se conservan de san Francisco vemos como el Poverello mira a María ante todo como la madre del Señor, la creyente, la que ha sido llamada a una maternidad divina cuyo origen y fundamento está en su relación obediente con la Palabra. Ella es madre de Jesucristo por ser la discípula fiel que escucha, acoge con fe y guarda las cosas que le han sido dichas de parte del Señor.

Francisco contempla a María como discípula y maestra, primer referente del caminar en la fe. Ella es la mujer que acoge, una persona como nosotros, hermana nuestra,  pero también y sobre todo, la “llena de gracia” y “elegida” (ExhAd 4; SalVM); es la “hija y esclava” (OfP Ant) que escucha “esta Palabra del Padre (...) anunciada” (2CtaF 4). Por su acogida, docilidad y entrega, la aclama “esposa del Espíritu Santo”.

María es también aquella que, no solo acoge la Palabra, sino que la lleva en su corazón y en su seno, permanece en ella, la guarda cuidadosamente convirtiéndose así en “casa de Dios”, “vestidura suya”, “buena tierra” que recubre y viste amorosamente esta Palabra de la “carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad”. (SalVM; 2CtaF 5; RnB 22; CtaO 21; Adm 1, 16))

Finalmente, y ante todo, María es, para Francisco, aquella que pone en práctica la voluntad del Señor, que hace de su vida disponibilidad y obediencia, entrega del fruto de su vientre a la humanidad. “madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo” y madre de su cuerpo que es la Iglesia hasta identificarse con ella, sigue siendo, para todos los discípulos, madre y referencia en el seguimiento de “su santísimo Hijo amado, Señor y Maestro” eligiendo vivir su mismo estilo de vida “pobre y huésped” (RnB 9, 5; "CtaF 4-5), acompañándole siempre y enseñando con su vida a reconocerle allí donde se encuentra, incluso bajo la más humilde de las presencias.

María, a la luz de los Escritos de Francisco, se revela como la mujer que, habiendo recibido la Palabra del Padre, responde obediente al envío confiado y comparte, al modo que le corresponde, la misión de su Hijo, y continúa desde el cielo intercediendo –madre siempre, siempre en misión– en favor de todos y siendo referencia de existencia cristiana.
Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres; hija y esclava del altísimo y sumo Rey, Padre celestial; madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo; esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros, con san Miguel arcángel y con todas las virtudes del cielo y con todos los santos, ante tu santísimo Hijo amado, Señor y maestro. (OfP Ant).
¡Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
virgen hecha Iglesia,
elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por Él con su santísimo Hijo amado,
y el Espíritu santo Defensor,
en ti estuvo y estátoda la plenitud de la gracia
y todo bien!
¡Salve, palacio de Dios!
¡Salve, tabernáculo suyo!
¡Salve, casa suya!
¡Salve, vestidura suya!
¡Salve, esclava suya!
¡Salve, Madre suya!
Y, ¡salve, todas vosotras santas virtudes,
que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo,
sois infundidas en los corazones de los fieles,
para hacerlos, de infieles, fieles a Dios! (SalVM).

Cf. Ser María,  Mª Ángeles Gómez-Limón
Ediciones Franciscanas Arantzazu 

jueves, 27 de abril de 2017

En el encuentro brota la vida

Estamos cansados de palabras, cansados de tantas promesas políticas e incluso religiosas que se quedan en eso, en promesas.  En medio de la vorágine de nuestra existencia necesitamos encontrar valores, encontrar serenidad y felicidad personal, pero muchas veces nos equivocamos corriendo detrás de los placeres ocasionales y siempre nuevos. 
Vivimos nuestra libertad como algo para saciar nuestros deseos: "¡Soy libre porque hago lo que quiero!". Nos cuesta tener en cuenta a los demás, o tomar conciencia de nuestras propias exigencias más interiores. Nos sentimos insatisfechos y sin verdadera paz interior. Nos creemos libres, pero no sabemos qué hacer con nuestra libertad. 
En un mundo globalizado, interconectado al segundo a través de las redes sociales, estamos, en realidad, cada vez más solos y nos sentimos más víctimas de los otros, del sistema. Nos faltan relaciones auténticas, nos cuesta superar el miedo y la desconfianza que paralizan todo movimiento hacia los demás. Dudamos de las posibilidades de unas relaciones abiertas y universales, nos cuesta creer en la palabra dada, confiar en otros es casi una locura... Interconectados sí, pero a distancia, sin un verdadero empeño en la relación, en salir al encuentro del otro. Y, sin  embrago,  la realidad es que solamente vivimos y maduramos de verdad a través de la relación.

En Francisco de Asís encontramos una existencia realizada, serena, pacificada. Su mayor testimonio no son sus palabras sino su vida, una vida auténtica nacida del encuentro: con Dios, consigo mismo, con los otros, con toda la creación. Su libertad, orientada hacia Dios, le permite desplegar lo mejor de su personalidad en las relaciones con todos y con todo
. Es libre porque es capaz de abrirse y darse a los demás con simplicidad y sin miedos. Francisco ve en cada ser un posible amigo, hermano o hermana. Se arriesga y sale al encuentro del otro, cualquiera que este sea,  sin reservas ni sospechas: al encuentro de los bandidos en el bosque, al encuentro del Sultán en su corte... Francisco ha descubierto que cada persona, cada ser vivo no es solamente lo que se manifiesta hacia fuera, en la superficie. Su verdadera identidad, su verdadera imagen está en el interior y a menudo es necesario sacarla de nuevo y liberarla de tantas formas de esclavitud. 

No se trata de hacerse preguntas sobre los demás, de clasificarlos, juzgarlos, temerlos... sino de preguntarse: ¿por qué no vamos hacia el otro? ¿qué nos lo impide? O ¿por qué vamos sólo hacia los semejantes o los amigos? 
En medio de un mundo dividido, marcado por tantas y tan diversas ideologías, la mayor parte de ellas excluyentes, egocéntricas, interesadas, frustrantes e incluso suicidas; en medio de una sociedad donde lo que impera es el juicio que "ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio",  que con frecuencia quiere obligarnos a tomar partido desde el "o estás conmigo o estás contra mí",  Francisco de Asís nos invita a creer en la fraternidad universal, en la alegría de vivir relaciones verdaderas, liberadoras y gratuitas, a creer en el gusto por la vida, una vida reconciliada consigo misma, con los demás y con toda la creación. A creer que en la diferencia y el encuentro brota la vida.

Cf. Recuperar la intuición evangélica franciscana, Giacomo Bini
Ediciones Franciscanas Arantzazu

viernes, 21 de abril de 2017

Gratuidad

“Gratuidad” es una palabra olvidada hoy en día. En un mundo en el que todo se mide por el interés o la utilidad, hacer algo sin ganancia alguna es una locura. También las relaciones se miden con esta escala de valores. Parece imposible estar junto al otro plena y gratuitamente a la vez. Sin embargo, el amor verdadero es relacionarse gratuitamente con los demás y solamente ahí nuestra existencia tiene sentido y significado.

Para Francisco de Asís, servir gratuitamente era un exigencia porque comprendió que lo que somos, lo que tenemos, lo que hacemos, todo viene de Dios y todo tiene que ser compartido; el ser, el tener, las cualidades espirituales, las riquezas del corazón, los bienes materiales, todo tiene que ser compartido con todos, creyentes y no creyentes, buenos y malos.

Hemos recibido la vida gratuitamente, tenemos que entregarla gratuitamente a los demás. Esta es una existencia coherente que testimonia la vida verdadera sin necesidad de hablar mucho, de pronunciar grandes discursos, de perdernos en la teoría de la vida, donde sin duda nos manejamos mejor y nos sentimos más cómodos.

Cuando perdemos el sentido de la gratuidad corremos el riesgo de deslizarnos lentamente hacia la autodestrucción, el tedio, el desengaño, las alegrías artificiales, la desesperanza. Nos convertimos en dominadores, en propietarios e incluso en homicidas. Enmascaramos nuestro miedo y nuestra fragilidad poseyendo, dominando o excluyendo a los demás. Y ahí no queda espacio para la gratuidad ni para la fraternidad.

Francisco es liberado de esa preocupación de hacerse a sí mismo solo. Se recibe de Dios. En Él encuentra su consistencia y su futuro. Es liberado del miedo. Ya no tiene bienes que defender. Sólo tiene regalos de vida recibidos de balde y que compartir de balde.

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida; que nos creó, nos redimió y por su sola misericordia nos salvará; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos» (1 R 23,8). 
«Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por tu sola gracia, a ti Altísimo...» (CtaO 50-52). 
«Y restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede» (1 R 17,17).

Cf. Recuperar la intuición evangélica franciscana, Giacomo Bini
Ediciones Franciscanas Arantzazu

viernes, 7 de abril de 2017

La Pascua de san Francisco: Triduo Pascual


Jueves Santo
... Sino que a todos sin excepción se les llame hermanos menores. Y lávense los pies los unos a los otros (cf. Jn 13,14) (1R 6, 3).
La imagen de Cristo-servidor, cumplidamente evocada en el lavatorio de los pies, nos da en verdad la clave de la existencia cristiana. En ella se condensa el mandamiento nuevo que da el Señor a sus discípulos como mandamiento suyo y como única ley para sus seguidores: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. En contraste con el espíritu del mundo que busca el éxito, el placer, el dominio..., el cristiano debe ser una persona polarizada en la entrega de sí mismo al servicio humilde de sus hermanos; una persona  que se considere y se conduzca como el servidor de los demás en todas las circunstancias y situaciones.

Esta parece ser la herencia que Francisco quiso recoger en el apelativo de hermanos menores. Francisco ha comprendido perfectamente la importancia capital de la escena del lavatorio de los pies: ahí ve él el testamento del Señor y lo acepta humildemente para sí y para sus hermanos. ha penetrado en la interioridad del Jueves Santo y de la eucaristía y ha comprendido el significado inagotable de esa escena.

Con el nombre que ha dado Francisco a sus hermanos ha expresado todo su ideal de fidelidad a Cristo. El menor es el pequeño, el último, el que está entre los insignificantes, entre los miserables; pero al mismo tiempo esta pobreza incluye inevitablemente la idea de caridad: el menor es el servidor, el que se abaja para servir a los demás; su pobreza es la expresión de su amor. El hermano menor será para siempre el hombre del lavatorio de los pies en la tarde de la cena.

Misterio de pobreza, sí, pero en el corazón de un misterio de amor.


Viernes Santo

En el Oficio de la Pasión escrito por Francisco asistimos a la pasión de Jesús pero no desde fuera sino que la contemplamos desde un lugar privilegiado: el mismo Jesús. Es la pasión tal y como la vivió Cristo. Francisco meditaba asiduamente la Pasión esforzándose en revivir junto a Él esas horas dolorosas. Francisco vivía a Jesús uniéndose a Él a través de los acontecimientos de su propia existencia, acontecimientos que no son considerados en sí mismos sino por la marca que dejan en el corazón de Cristo. Y Francisco, llegado el día de su muerte, celebrará en ese acontecimiento el misterio de la muerte de Cristo.

La pasión se presenta esencialmente como una crisis del alma. A través de los hechos narrados por los evangelistas Francisco se adhiere a los estados del alma de Cristo. Revive, desde los gritos de angustia que llenan los salmos, el sufrimiento de Jesús que es esencialmente el de un amor desconocido, traicionado, escarnecido. El pobre que grita a Dios a los largo del Oficio de la pasión es un hombre expuesto a la hostilidad universal, asediado por todas partes, agobiado por la soledad, porque hasta sus amigos lo han abandonado; un hombre que se asombra con dolor de que a su amor desbordante se le responda con el odio. Pero este hombre que sufre es esencialmente un hombre en diálogo con Dios. Este es el terreno donde para Francisco se desarrolla el drama de la pasión y de la salvación del mundo: Cristo ante su Padre. Cristo y su Padre son los protagonistas de la pasión. Esta consiste por entero en la confianza infinita del Hijo, en sus llamadas y en su abandono. Cristo tiene total confianza en ese Dios ante quien se desarrolla este complot de la perversidad humana. Dios deja a su hijo expuesto a la prueba, el hombre-Jesús, así desamparado, no puede sino gritar a su Padre y confiarse a su cuidado. 
Alcé mi voz clamando al Señor,
alcé mi voz suplicando al Señor.
Derramo mi oración en su presencia
y expongo ante él mi tribulación
Ven en mi auxilio,
Señor Dios de mi salvación. (OfP 5)

Pascua

Para Francisco, el drama del sufrimiento de Jesús y su oración es algo inseparable del triunfo de Cristo. El Oficio de la pasión, iniciado con lágrimas, desemboca en la luz, y será un canto de victoria y un grito de alabanza.
Me dormí y desperté
y mi Padre santísimo
me acogió en la gloria (OfP 6, 11)
Para Francisco, muerte y vida son inseparables: dos aspectos de un mismo misterio. Francisco no limita la palabra pasión del Señor a los sufrimientos, ni siquiera el Viernes Santo. No podemos recordar los dolores del señor sin celebrar al mismo tiempo su resurrección. Su devoción a Cristo crucificado no está hecha de un sentimentalismo llorón sino que es una comunión de todo su ser con el misterio de amor de Cristo que con su muerte nos da la vida.

El don de Jesucristo es la maravilla por excelencia realizada por Dios y la que arranca del corazón de Francisco, de nuestros corazones y del corazón de toda la creación un grito de admiración; la que siempre hemos de tener presente y saborear en todas sus manifestaciones.
Hondamente conmovido por este don, Francisco acepta a Cristo, le abre su vida y sigue sus huellas hasta su pasión y su muerte, hasta el extremo de la pascua, es decir, hasta la plena intimidad de Jesús con su Padre. Sabe que es la única respuesta posible, el único modo que tenemos de aceptar el don de Dios. Seguir a Cristo hasta el fin es para Francisco aprender de Él la bondad de Dios y nuestra vocación de alabanza.
Bendigamos al Señor, Dios vivo y verdadero, y restituyámosle siempre la alabanza, la gloria, el honor, la bendición y todos los bienes. Amén. amén, Hágase. Hágase. (OfP)
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
ha sacrificado a su amado Hijo con su diestra
y su santo brazo.
El Señor ha dado a conocer su salvación,
ha revelado antes los pueblos su justicia.
En aquel día envió el Señor su misericordia,
y en la noche su canto.
Este es el día que hizo el Señor;
saltemos de gozo y alegrémonos en él.
(OfP 9) 
Cf. La Pascua de San Francisco, I. Étienne, G. Hégo
Ediciones Franciscanas Arantzazu







FELIZ PASCUA
¡ALELUYA! ¡ALELUYA! ¡ALELUYA!








La Pascua de San Francisco: introducción

Hemos caminado toda la cuaresma junto a Francisco de Asís. Estamos ya cerca de la gran  celebración de la Pascua, cumbre litúrgica que nos revela panorámicamente el admirable designio del Padre realizado por su Hijo Jesús. Junto con Francisco, vamos a contemplar y gustar, como niños sobrecogidos de admiración, las riquezas del Misterio único del amor.

Si algo caracterizó a Francisco de Asís fue su vivencia consciente de una espiritualidad pascual. Hijo de su época, había recibido de la Iglesia esa mentalidad pascual. Porque, pese a las miserias de aquella Iglesia y pese a las tentaciones que tenía de mundanizarse, había reacciones saludables que recordaban a la Iglesia su naturaleza “pascual” y su oficio de mensajera de la Pascua. Una de ellas fue la promovida por el IV Concilio de Letrán. (1215) a iniciativa de Inocencio III, quien en su discurso inaugural hizo una solemne proclamación del carácter pascual de la Iglesia:
“Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de sufrir (...). Quizá me preguntéis: ¿qué pascua de seas comer con nosotros? Pascua, en hebreo, quiere decir ‘paso’. Pero hay tres pascuas que yo deseo comer con vosotros: una corporal, otra espiritual, la tercera eterna. Una pascua corporal: paso de un lugar a otro, para la liberación de la infortunada Jerusalén. Pascua espiritual: paso de un estado a otro, para la reforma de la Iglesia universal. Pascua eterna: paso de una vida a otra, para conseguir la gloria del cielo”. (PL 217)
Francisco no solamente tuvo conocimiento de este discurso inaugural sino que quedó profundamente impresionado por él. Una de las huellas de este discurso en el ánimo de Francisco fue la aceptación de la letra Tau como su firma personal y como símbolo de la vocación de sus hermanos. Efectivamente, este signo lo evocó insistentemente el papa Inocencio III en la segunda parte de su discurso cuando, citando a Ezequiel, entiende que su misión es la de hacer pasar a los cristianos a una vida más evangélica. Al adoptar este signo de la Tau para su fraternidad, Francisco quería dar a entender que hacía suyo el gran deseo del papa.

Hubo, pues, un encuentro maravilloso entre el mensaje de este IV Concilio de Letrán y el espíritu de Francisco. A partir de este momento se inicia una etapa importante en la creación de la espiritualidad pascual de san Francisco.
Ocho siglos más tarde nos reconocemos en Francisco, nos encontramos en este hermano que revivía tan espléndidamente las diferentes fases del misterio de su Señor, que se asombraba de las maravillas pascuales, que las cantaba, y que educaba a sus hermanos utilizando el lenguaje pascual de la Biblia y de la Liturgia.

Cf. La Pascua de San Francisco, I. Étienne, G. Hégo
Ediciones Franciscanas Arantzazu


viernes, 31 de marzo de 2017

El “ver” reconciliado - Cuaresma franciscana

Junto a Francisco de Asís hemos aprendido la importancia de mirarnos en verdad, de reconciliarnos con la parte oscura de nuestro ser. Hoy vamos a dar un paso más, pues de nada serviría si en nuestro proceso de conversión nos quedáramos ahí. Es necesario ir encontrando esa coherencia entre nuestro corazón, nuestra oración y nuestro comportamiento.

La "mayoría espiritual" a la que accede Francisco pasa por lazos nuevos. Desde las primeras palabras de su Testamento, lo que le lleva a “empezar a hacer penitencia” es tratar con los leprosos y ponerse a su servicio. Hacer penitencia significaba, en aquella época, llevar una vida cristiana por la que todo convertido rompe con su pasado. Una ruptura que expresa, con comportamientos y obras concretas, sus nuevos sentimientos interiores.

¿Qué encuentra Francisco en la persona del leproso sino un marginal y un condenado por la sociedad? Pero más profundamente, el leproso es el otro, cualquiera que sea, el extraño. “En su camino” se encuentra con el leproso, es decir, dentro de su proceso es confrontado con el otro en lo que tiene de más repugnante.

Su antigua mirada venía del hecho de ver a los leprosos. La repugnancia y la imposibilidad de actuar estaban contaminadas por su mirada. Una vez más, Francisco se encuentra interpelado por su manera de ver. Cuando se arriesga a hacer un gesto de solidaridad y de servicio, su mirada cambia. Es la segunda parte del drama de fondo. No solamente ajusta sus manos a su corazón, también sus ojos. Esos mismos ojos que estaban completamente centrados sobre sus pecados y su fragilidad se desplazan hacia otro objeto: la miseria del otro.

La dulzura de la experiencia reposa sobre su capacidad de misericordia; pero el cambio en la visión de Francisco depende en primer lugar de la reconciliación entre su corazón, sus manos y sus ojos. La caridad que aprende reposa sobre una acogida de sí mismo y del otro, sin defensa ni reserva. Y el otro, por muy repugnante que sea, se vuelve fraterno. No es un gesto momentáneo de generosidad, al contrario, se trata de una exigencia nacida de la unidad entre lo interior y lo exterior, que se vuelve condición de vida y que va a animar cada una de sus relaciones.

Cf. Francisco de Asís y sus conversiones, Pierre Brunette
Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012

viernes, 24 de marzo de 2017

Acoger la propia sombra - Cuaresma franciscana

Seguimos viviendo nuestra particular cuaresma franciscana junto a Francisco de Asís, que se nos ha revelado como luz para nuestros propios procesos de conversión.

“Acoger la propia sombra”, ahí está el desafío. Para madurar su decisión de servir a Dios, Francisco tiene que reconciliarse con la parte oscura de su ser. Esto sólo se realiza por un reconocimiento benevolente de los bajos fondos del corazón.

El retiro y la soledad abren a Francisco a esta dimensión de su personalidad. Descubre que ya no puede ir a Dios únicamente con su lado generoso o brillante; tiene que acoger su pecado y la parte no terminada de su ser. Francisco considera su pasado no centrado sobre Dios, lo que llamará en el Testamento su vida “en el pecado”. Debe atravesar la espesura de su discernimiento y acogerse tal y como es, con sus incoherencias y su fragilidad. Es probado, pero persevera y según pasa el tiempo se hace permeable a la misericordia divina. De su arrepentimiento y de su abandono a esa misericordia brotará la paz. 
"Orando así, continua y ardorosamente con ayunos y lágrimas, y desconfiando de su virtud y su fuerza, puso totalmente su confianza en el Señor que, a pesar de las tinieblas en que estaba envuelto, le había inundado de maravillosa claridad". (TC 17)
En cuanto siente la bondad de Dios, surgen las respuestas a su búsqueda de un ideal en la vida. Pensemos en las palabras que lo animan a despreciarse y a apegarse a lo espiritual, o también en la visita del crucificado en medio de su tiniebla, o incluso en su memoria viva de la Pasión. Lo que extraña es esa fuerza de interpelación fruto de experiencias “subterráneas”; acaba por elegir a Dios y desear su intervención, en detrimento de su propia voluntad.

El Maestro de sus sueños empieza a habitar su corazón, el colmo de la alegría incluso en el fondo de la fosa.  Su corazón está conmovido y Dios lo agarra por su capacidad de amar. Su “Yo” queda tocado físicamente, en sus valores sociales y en su afectividad. Está ya en camino de conversión.
"Enardecido todo él interiormente, salió de la cueva y animoso, ligero y alegre, emprendió el camino a Asís”. (TC 17)

Cf. Francisco de Asís y sus conversiones, Pierre Brunette
Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012

viernes, 17 de marzo de 2017

Aceptar la tiniebla - Cuaresma franciscana

Francisco de Asís se nos ha mostrado siempre como un buen maestro de vida. Seguimos caminando hacia la Pascua acompañándolo en algunas etapas de su conversión con la esperanza de que estas iluminen nuestro propio camino cuaresmal.

Desde el regreso de Francisco de Espoleto y su comparecencia ante el obispo, al final del invierno de 1206, se abre un nuevo periodo de gestación en su conversión. Es conducido a orar en su búsqueda de un absoluto, a identificar su deseo de servir a Dios y a realizar actos de ruptura.
... Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo al Padre. tenía sumo interés en que nadie supiera lo que sucedía dentro. Solo con su Dios deliberaba sobre sus santas determinaciones. Sostenía en su alma una tremenda lucha. (1C 6)
Lo que se buscaba como refugio para meditar y retomar ánimos se transforma en un descenso interior difícil. Francisco quiere poseer el tesoro escondido, pero descubre el precio que tendrá que pagar. Descubre que vivir abiertamente para Dios es una elección exigente para él. Su desgarro interior es grande: no vislumbra ninguna salida en su ruta y se ve forzado a verificar la calidad de su corazón. La convalecencia y el fracaso de sus sueños le hacen ver las cosas de otra forma y provocan una llamada inusitada a favor de Dios. 
Pero sus primeros pasos en la soledad aumentan su sordera y ceguera espirituales. Sabe a lo que tiene que renunciar, pero ignora la forma que tomará su vida de penitencia. Los textos insisten sobre el hecho de que su única ocupación era orar a Dios para ser iluminado sobre ese punto. La tiniebla viene de su deseo cada vez mayor de Dios en un corazón aún lleno de estorbos.
Después vienen las tentaciones, los “pensamientos contrarios”. Tendríamos que hablar de dudas y de resistencias frente al proyecto. Él debería saber, como buen caballero, que no hay tesoro ni noble causa que se gane sin la prueba del combate. El combate interior tiene lugar en la gruta. El enemigo está en él y coloca su voluntad propia en lucha contra la angustia y la muerte a sí mismo. la oscuridad y el frío de la gruta recuerdan la negrura y la desnudez del alma. ¿Qué hacer? ¿Volver a su modo de vida anterior o servir a Dios? ¿Estar dispuesto a arriesgar a la vista de todos o ceder al miedo alas críticas? 
Ahí es donde interviene la visión amenazante de aquella vieja horrorosa jorobada:
"Había en Asís una mujer jorobada y deforme que el demonio traía a la memoria de Francisco en frecuentes apariciones, amenazándole con tocarle de la misma enfermedad que padecía esta mujer, como no renunciase a sus piadosos proyectos. Pero Francisco, como valiente soldado de Cristo, despreciaba las amenazas del diablo, penetraba en su gruta y se entregaba a la oración" (TC 12).
Francisco atraviesa una noche de verdad que lo obliga a mirarse en verdad.


Cf. Francisco de Asís y sus conversiones, Pierre Brunette
Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012

viernes, 10 de marzo de 2017

"Francisco de Asís y sus conversiones” - Cuaresma franciscana

Nuestra vida se va tejiendo poco a poco a base de búsquedas, encuentros, crisis, hallazgos, éxitos... que hacen que vayamos recorriendo un camino que será nuestra historia personal.

Estamos en Cuaresma, un tiempo litúrgico que la Iglesia nos ofrece cada año como camino de conversión. En palabras del Papa Francisco:
"La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor."
Pero con la Cuaresma puede ocurrirnos como con tantas otras cosas, que termina convirtiéndose en costumbre, en algo que celebramos porque toca y que apenas roza la superficie de nuestra vida. Francisco de Asís puede ayudarnos a vivir con mayor intensidad esta invitación a la conversión, a buscar entre nuestras tinieblas la Luz, a escuchar entre todas las voces la voz de Dios, a atrevernos a preguntar: ¿Señor, qué quieres que haga?

Os animo a vivir este tiempo de cuaresma acompañados de un sencillo pero hermoso libro: “Francisco de Asís y sus conversiones” (Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012).

El hermano franciscano Pierre Brunette nos muestra cómo la conversión de Francisco no aconteció en un solo día, sino a través de una historia que le fue llevando de conversión en conversión, de hallazgo en hallazgo. 
Francisco vivió diferentes etapas en el camino de su conversión, un largo proceso de maduración interior y de compromisos concretos. Vivió con la mentalidad de un convertido hasta su muerte. Francisco se deja interpelar sobre el sentido de su vida; profundiza su fe allí donde le lleva su búsqueda; arriesga con gestos y compromisos para intentar ir más lejos... 

Como si cada acontecimiento importante de su itinerario exigiera ser descodificado y leído más allá de los hechos y los signos, este libro trata de dejar que los hechos, su interpretación y resonancias dialoguen en nosotros para que iluminen nuestros propios discernimientos en el camino de la conversión. Su proceso inicial nos hablará en la medida en que sepamos comprender que el camino del discípulo que él recorre tiene que ser buscado con audacia y perseverancia. Sus conversiones van a desplegarse como una peregrinación única, capaz de iluminar nuestros pasos.