viernes, 30 de septiembre de 2016

Aprender a vivir con Francisco de Asís: los verbos de la vida

"La vida es para saborearla y gustarla, no para tragarla y, menos, para dejarnos tragar por ella"

Todos sabemos lo que es un verbo, lo utilizamos cada día en nuestro lenguaje hablado y escrito. Si vamos al diccionario, encontramos esta definición: Clase de palabra con la que se expresan acciones, procesos, estados o existencia que afectan a las personas o las cosas.

La vida, nuestra vida, está llena de “verbos", es decir, de acciones, procesos, estados... y no siempre acertamos a conjugarlos bien. Necesitamos aprender.

Venimos reflexionando estos días de la novena a San Francisco con el libro “Aprender a vivir con Francisco de Asís”, Joxe Mª Arregi. Y hoy nos preguntamos: ¿Qué significa, en verdad, aprender a vivir con Francisco?

Aprender a vivir con Francisco de Asís significa, sobre todo, aprender a conjugar algunos verbos de su diccionario: 

Acoger: Es quizá lo primero que se aprende con el hermano Francisco: acoger la vida, acoger lo que hay, acoger al que viene y al que va, acoger lo que viene. Porque la vida es primero de todo un don, una oportunidad, un regalo que el Padre Dios nos hace. Acoger, admirar, asombrarse, agradecer, son actitudes que en Francisco salen a borbotones. Son los verbos que debemos aplicar a la vida, a la de cada uno, a la de los otros, a la de todos los seres. 

Desplegar: Cuando uno se acerca a Francisco la sensación que deja es la de un hombre desplegado, realizado, hecho, feliz, amplio. Francisco recuerda la vitalidad, la frescura, la atracción de Jesús resucitado: plenitud de vida. Desplegar la vida en todas sus potencialidades, aspectos y direcciones. Ese es el gran sueño de Dios: que participemos de la vida desplegada de Dios en comunión, de su plenitud armoniosa y amorosa. Si es regalo, como dice Francisco, no es para guardarlo; el regalo hay que desenvolverlo, mostrarlo, compartirlo. 

Replegar: Es preciso también aprender a replegar cuando llega el momento, cuando la naturaleza grita su impotencia, cuando las arrugas denotan madurez y cansancio... Y replegar no es una derrota sino saber acoger y descubrir el otro lado de la vida, el horizonte. Tan vida es el otoño como la primavera. Hay quienes necesitan aprender a desplegarse todavía más pero hay quienes necesitan aprender a replegarse, asumir el otoño y permitir su función en el ciclo de la vida. 

Cuidarse: La vida es un gran regalo pero cargado también de sorpresas. Envuelta en sus muchas cortezas, guarda sorpresas, agradables unas, otras no tanto. Por eso, la vida exige cuidarse. Cuidarse de “jugar a vivir” porque aquí no hay ensayo general; no exasperarla, no abusar de ella, no descuidarla, no azuzarla. 

Cuidar: Cuidar el cuerpo con sus gritos y el alma en su sed de sentido, cuidar el trabajo y el ocio, cuidar la relación y cuidar la soledad, cuidar el hoy y cuidar el mañana. Y todo ello con el respeto debido, con delicadeza, porque es frágil; sin miedo, pero con sabiduría. 

Dejarse acompañar: Francisco de Asís es, por encima de todo, una lección de acompañamiento, de dejarse acompañar. El secreto de su vida no es que era equilibrado y sabio, un “fuera de serie” que supo acertar en la vida. Su secreto estaba en su sed de Dios, en su búsqueda del absoluto, en la lucha, cuerpo a cuerpo, con el Señor, como Jacob. Y cuando Francisco entendió que la vida es dejarse acompañar, todo lo demás quedó resuelto. Su corazón quedó centrado en el “Omnipotente y buen Señor” y a él dedicó su cuerpo, su espíritu, sus energías, su tiempo, su día y su noche, su canto, su llanto, su vacío. Y Él, "el Amigo de la vida”, le devolvió el favor en forma de vitalidad, de alegría, de gozo, de esperanza, de lucidez, de confianza y plenitud. 

¿Demasiado simple para lo compleja que es la vida? ¿Demasiado pobre para la riqueza que se encierra en Francisco? La vida sigue siendo un misterio y como misterio hay que acercarse a ella. Francisco pretende que todos saboreemos y gustemos la vida, no sea que nos traguemos la vida sin apenas darnos cuenta o, peor aun, no sea que ella nos trague en una de sus muchas y sorprendentes curvas.
¿“Por qué tanto rodeo” para dar con el secreto de la vida y de Dios? ¿"Por qué tanto rodeo", Dios mío, para salvarnos?

 Hermosa la vida, bella, muy bella, pero compleja, misteriosa.

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