viernes, 31 de marzo de 2017

El “ver” reconciliado - Cuaresma franciscana

Junto a Francisco de Asís hemos aprendido la importancia de mirarnos en verdad, de reconciliarnos con la parte oscura de nuestro ser. Hoy vamos a dar un paso más, pues de nada serviría si en nuestro proceso de conversión nos quedáramos ahí. Es necesario ir encontrando esa coherencia entre nuestro corazón, nuestra oración y nuestro comportamiento.

La "mayoría espiritual" a la que accede Francisco pasa por lazos nuevos. Desde las primeras palabras de su Testamento, lo que le lleva a “empezar a hacer penitencia” es tratar con los leprosos y ponerse a su servicio. Hacer penitencia significaba, en aquella época, llevar una vida cristiana por la que todo convertido rompe con su pasado. Una ruptura que expresa, con comportamientos y obras concretas, sus nuevos sentimientos interiores.

¿Qué encuentra Francisco en la persona del leproso sino un marginal y un condenado por la sociedad? Pero más profundamente, el leproso es el otro, cualquiera que sea, el extraño. “En su camino” se encuentra con el leproso, es decir, dentro de su proceso es confrontado con el otro en lo que tiene de más repugnante.

Su antigua mirada venía del hecho de ver a los leprosos. La repugnancia y la imposibilidad de actuar estaban contaminadas por su mirada. Una vez más, Francisco se encuentra interpelado por su manera de ver. Cuando se arriesga a hacer un gesto de solidaridad y de servicio, su mirada cambia. Es la segunda parte del drama de fondo. No solamente ajusta sus manos a su corazón, también sus ojos. Esos mismos ojos que estaban completamente centrados sobre sus pecados y su fragilidad se desplazan hacia otro objeto: la miseria del otro.

La dulzura de la experiencia reposa sobre su capacidad de misericordia; pero el cambio en la visión de Francisco depende en primer lugar de la reconciliación entre su corazón, sus manos y sus ojos. La caridad que aprende reposa sobre una acogida de sí mismo y del otro, sin defensa ni reserva. Y el otro, por muy repugnante que sea, se vuelve fraterno. No es un gesto momentáneo de generosidad, al contrario, se trata de una exigencia nacida de la unidad entre lo interior y lo exterior, que se vuelve condición de vida y que va a animar cada una de sus relaciones.

Cf. Francisco de Asís y sus conversiones, Pierre Brunette
Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2012

0 comentarios :

Publicar un comentario