martes, 8 de agosto de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Final


Nos habíamos quedado en el momento en que llegó a mis manos la aprobación de la regla que había escrito. Había sido un largo tiempo de espera en el que yo sentía que el Señor estaba ya casi en el umbral de la puerta y la aprobación seguía sin llegar. Me sentía inquieta, y no solamente por la enfermedad que iba llevando mi cuerpo hacia la última agonía. No quería dejar a las hermanas sin entregarles toda la vida y el agradecimiento que sentía desbordaba mi corazón. Quería recordarles cómo era la forma de vida que habíamos abrazado y que debía seguir aun cuando yo ya no estuviese con ellas. 
Les entregué mi corazón, el memorial de mi vida en forma de Testamento. Eran mis últimas palabras para aquellas mis hermanas queridas, mi última voluntad. La vida pasaba delante de mí como un río y mis ojos volvían a fijarse en el momento en que había nacido aquella pequeña semilla evangélica. Y en todo ello veía la acción de Dios, el protagonista principal de esta historia. Él iluminó a Francisco y también se dignó iluminar mi corazón. Él engendró esta pequeña grey en su santa Iglesia precisamente para seguir a su amado Hijo, pobre y humilde, y a su santísima Madre.
 Y mi Bendición. No solamente para aquellas hermanas que rodeaban mi lecho, o para las que ya habían partido a otros monasterios, e incluso para aquellas que llegarían en los años venideros, también para tí que has querido caminar conmigo:
El Señor os bendiga y os guarde, os muestre su rostro y tenga misericordia de vosotras; vuelva su mirada y os conceda la paz. (...) Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, cuanto puedo y más de lo que puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias ha bendecido y bendecirá  a sus hijos e hijas en el cielo y en la tierra, y con las que el padre y la madre espirituales han bendecido y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amad siempre a Dios, amad vuestras almas y las de todas vuestras hermanas (...) El Señor esté siempre con vosotras y que vosotras estéis siempre con Él. Amén.
Era el momento de partir. Sentía que podía irme en paz, segura porque quien me había creado me llevaba de su mano y me miraba como la madre al hijo a quien ama. 
 Era el 11 de agosto de 1253, había llegado el momento y el Crucificado pobre, a quien había abrazado durante toda mi existencia, se mostraba ante mí como Rey de la gloria para que me entregara eternamente a Él. Sólo me quedaba exclamar:
¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado! 

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