jueves, 3 de agosto de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte IV

Claustro de San Damián
Desde nuestra llegada a San Damián, se había ido extendiendo la noticia de aquel nuevo estilo de vida que habíamos abrazado. Por gracia de Dios, llegaban nuevas hermanas a las puertas de nuestra casa. Teníamos claro que el fundamento de nuestra vida era el Evangelio, pero a medida que el grupo iba aumentando era necesario establecer unas líneas fundamentales para avanzar sobre sólidas bases espirituales. Por ello, Francisco nos preparó una breve y sencilla Forma de Vida como ayuda. 
El constante crecimiento de la comunidad fue imponiendo la necesidad de que alguna hermana asumiera la responsabilidad de guiar nuestros pasos en el día a día. Además, eso nos permitiría vivir la obediencia, una dimensión importante de la pobreza, ya que nos desapropia de la voluntad personal para entregarla al Señor a través de la mediación humana. 
Bueno, a decir verdad, yo no tenía tan claro que necesitáramos dentro de la fraternidad una autoridad en el sentido jurídico de la palabra. A mi me parecía que la caridad que circulaba entre nosotras era el vínculo de la perfección, el estilo evangélico que llevaba a cada una a sentirse servidora de las demás, a vivir el sentido profundo del lavarse mutuamente los pies que Jesús pedía en el Evangelio. Al final, y ante mi resistencia, Francisco se vio obligado a presionarme para que aceptara el encargo de gobernar a las hermanas. 
Acepté y, por gracia de Dios, Padre de las misericordias, descubrí en esta nueva responsabilidad la posibilidad efectiva de servir aún más, de entregarme sin límites a cada una y a todas. Mi tarea sería ser la madre de aquella familia, siempre solícita a las necesidades de las hermanas, procurando enseñar con el ejemplo más que con palabras. Claro que tampoco descuidaba, en momentos determinados, ofrecerles sencillas exhortaciones para enseñarles los elementos fundamentales de nuestra forma de vida y enfervorizarlas en el seguimiento del Crucificado pobre. También, cuando era necesario, reprendía a las hermanas desde la caridad y la misericordia que contemplaba cada día en la vida de Jesucristo. Pero una de las cosas que más me gustaba hacer era lavarles los pies a las hermanas, siguiendo el ejemplo de Jesús en el Evangelio, cuando lava los pies a sus discípulos y les invita a ellos a hacer lo mismo. 
Seguían llegando nuevas hermanas, muchas de ellas animadas por la predicación de los hermanos menores, e incluso mandadas por el propio Francisco. Yo siempre había tenido claros los valores fundamentales de una llamada, y el primero de todos era la divina inspiración, requisito esencial para abrazar nuestra Forma de vida. Y no todas las mujeres que llamaban a las puertas de nuestra fraternidad, aunque las hubiera enviado el propio Francisco, cumplían con esta condición. Se imponía un serio discernimiento siempre bajo la luz y la sabiduría del Espíritu.
En la Pascua de 1220 se encuentra en Asís el Cardenal Hugolino, a cuyos oídos había llegado nuestra “fama” y quería conocernos. Nuestro encuentro fue sencillo y la mayor parte del tiempo estuvimos hablando de Dios y de su Amor, que ha optado por quedarse siempre con nosotros en el Cuerpo de Cristo. Después, él me escribiría una carta donde me llamaría madre de su salvación, y en la que me confiaría su alma y su espíritu. Aquello me ayudó a ser más consciente de que debía vivir mi vocación en dimensión materna y mariana, como cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros de su Cuerpo inefable que caen.
En aquella misma época, llegó hasta San Damián la noticia del martirio de cinco hermanos en Marruecos. Y, ahora que ya me conocéis un poco, os podéis imaginar cuál fue mi reacción: yo también quería ir entre los infieles, sufrir el martirio para asemejarme en todo al Crucificado pobre. Y, si bien no fue algo pasajero, es cierto que, tras aquel primer impulso, fui dándome cuenta que estaba llamada a vivir cada día el martirio interior desde una entrega de mí sin reservas y en estrecha comunión con mis hermanas. 
No temía ninguna tribulación, angustia física o moral porque era más fuerte la sed ardiente que sentía por compartir la pasión de mi Señor. Pero cuando se trataba de las hermanas y de muchos enfermos que acudían a San Damián no dudaba en estar a su lado desde la fe, y ser su refugio en el dolor y, a veces, les trazaba la señal de la Cruz poniendo toda mi confianza en el Padre de las misericordias, para que fuera él su último refugio y consuelo.

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

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