martes, 8 de agosto de 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte VI



Nos habíamos quedado en el año 1226. Como os decía, fue un tiempo de dolor y oscuridad. Como cualquier ser humano, también mi camino y el de mis hermanas estaba marcado por la incertidumbre, la duda, el miedo.  Me sentía tan débil físicamente que me asaltaba incluso el temor a morir antes que Francisco y dejar a las hermanas que el Señor me había regalado y que me habían seguido en total confianza, privadas no solamente de un padre sino también de una madre. La realidad se imponía y sacaba a la luz  mi debilidad pero también la grandeza de Dios Padre, en quien seguía confiando en medio del sufrimiento y la oscuridad.
En su última semana de vida, Francisco, sabiendo que llorábamos amargamente por su inminente partida, conocedor de nuestros miedos e incertidumbres por el futuro, nos envió su última voluntad. Él, que estaba ya a punto de entrar en la Vida y que había sentido en su corazón la certeza de la salvación, nos quiso transmitir su fuerza y reafirmarnos en el punto de partida de aquel camino que habíamos iniciado años atrás: Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, señoras mías, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y cuidaos mucho, para que de ningún modo, ni por la enseñanza ni por el consejo de nadie, os apartéis jamás de ella.
Aquellas breves palabra se convirtieron para mi en fuente de fuerza sobre aquel camino empinado del que ya entonces algunas autoridades de la Iglesia querían apartarnos con sus enseñanzas y consejos y redirigirnos hacia otras formas de vida, buenas sin duda, pero diferentes al carisma que el Espíritu Santo había suscitado por medio de Francisco.
En la primavera de 1227 el cardenal Hugolino fue elegido Papa con el nombre de Gregorio IX. Eran muchos los monasterios femeninos que había surgido por su solicitud y abrazado la forma de vida que él había preparado para ellos y su interés por ellos era creciente, estaban en el centro de su corazón. A muchos les escribía directamente pidiéndoles el apoyo de su oración para la difícil tarea que le había sido confiada. También a San Damián llegó una carta suya, pero su tono era bien diferente a aquella que me había escrito tras nuestro encuentro en la Pascua de 1220, cuando todavía era Cardenal. La carta era impersonal, se dirigía simplemente a la abadesa y nos exhortaba a la comunión con Cristo con las expresiones que en aquella época se usaban para dirigirse a las monjas. Parecía convencido de habernos hecho entrar plenamente en el cauce de sus monasterios...
En verano de 1228, el 16 de julio, Gregorio IX celebraba en Asís la solemne canonización de Francisco. El padre, el hermano, el amigo, el que para nosotras había sido el único apoyo después de Dios, había llegado a ser santo. Y yo me alegraba con la Iglesia por ello, pero a la vez prefería recordarlo como lo había conocido: simple y menor, con un corazón ardiente de amor por el Amado que no es amado que tan bien había sintonizado con su propio corazón.
Con motivo de estos acontecimientos, el Papa vino a San Damián. Su visita estaba motivada por un serie de cambios de perspectiva que se estaban dando en el camino de su Orden: las continuas peticiones de dispensa sobre la pobreza en común, debido a las situaciones de miseria en la que se encontraban algunos monasterios, le habían convencido de que era preciso dotar de rentas a todos ellos para que pudieran dedicarse sin afanes a lo Único necesario.
Fue un momento muy importante para mí, pues se ponía a prueba la opción de abrazar a Cristo pobre, que constituía el elemento central de nuestra forma de vida. Me encontraba sola luchando con quien estaba llamado a protegernos y que, a su manera, creía hacerlo de la mejor de las formas. Pero me mantuve firme, con una decisión inquebrantable. De ningún modo deseaba ser dispensada de vivir la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo, porque eso era para mi vivir el seguimiento de Cristo, tal y como Él mismo nos lo había indicado a través de su siervo Francisco.
Los enormes problemas para vivir la pobreza abrazada, en parte también por el tipo de clausura que imponía la Forma vivendi del Papa, las graves dificultades socioeconómicas de la época ocasionadas por las invasiones, las epidemias, etc, estaban llevando a todos los monasterios a pedir la dispensa de la pobreza en común. Aquel clima que respirábamos me hacía temer que se repitieran las presiones como la que acababa de vivir en el encuentro con Gregorio IX. Por eso, firme y decidida, solicité al Papa que me confirmara el Privilegio de la pobreza, en el que pedía que nadie nos pudiera obligar a recibir posesiones. Era la única garantía que podría presentar a cuantos quisieran desviarnos del camino abrazado. Y no era una cabezonería. Nuestra motivación para mantenernos firmes en aquella forma de vida abrazada nacía de la contemplación de Dios, hecho pobre por nosotros en Cristo Jesús. ¡Cómo no abandonarnos confiadas en las manos del Padre, que ha asumido nuestra debilidad para conducirnos y sostenernos con su Amor!
Que el Papa aprobara el privilegio de la pobreza que le había presentado nos permitía poder vivirla con una audacia y una determinación cada vez mayor. Se reafirmaba para nosotras el carisma original, del que no queríamos alejarnos costara lo que costara.
Pero los problemas y dificultades no había hecho sino comenzar. Volveríamos a vivir un momento crítico dos años después, en 1230, cuando el crecimiento y la evolución de la Orden de los menores llevó a un momento de tensión. Fue en el capítulo de Pentecostés. Los hermanos estaban divididos en torno a la comprensión de algunos pasajes de la Regla bulada y al valor vinculante del Testamento de Francisco. Incapaces de llegar a un acuerdo recurrieron al papa Gregorio IX y este respondió con la carta Quo elongati. Entre las cuestiones motivo del desencuentro estaban las relativas a la práctica de la pobreza, la predicación y la relación de los hermanos con los monasterios femeninos.
Yo reaccioné con energía a la decisión de Gregorio IX que en su carta había prohibido que los hermanos se acercasen sin su licencia a los monasterios de las damas pobres,  incluido San Damián, manifestando abiertamente mi desacuerdo. Estaba dispuesta a luchar por mantener la altísima pobreza y también la relación con la Orden de los Menores tal y como lo había querido nuestro bienaventurado padre Francisco. Iniciamos una especie de “huelga de hambre, en el sentido de que pedí al Papa que si nos quitaba a los hermanos que nos administraban palabras de vida, nos quitara también a los hermanos limosneros. Y devolví todos los hermanos que nos asistían al Ministro General. Informado el Papa de esta situación y dándose cuenta del alcance de nuestro gesto, remitió su prohibición al criterio y autoridad del Ministro General, lo que significaba que nos dejaba la posibilidad de una relación directa con la Orden de los Hermanos, una relación no jurídica sino de gratuidad y de comunión fundada sobre la promesa de Francisco.

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís. Una vida toma forma, Fed. Clarisas umbría-cerdeña. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu

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